Quienes Somos

Agrupación Extremeña de Alcorcón, es un colectivo cultural, filantrópico, democrático y sin ánimo de lucro que, basado en la libertad y la justicia, esta abierto a cuantas personas acepten los principios inspiradores de ésta.

Basados en estos principios, sus fines son:

Agrupar a extremeños y simpatizantes residentes en Alcorcón y en la Comunidad Autónoma de Madrid, que sientan, velen, protejan y defiendan todo lo que se relacione con la cultura, la ecología, la educación, el deporte, la sanidad, el voluntariado, y aquellos otros que tiendan a promover el interés general y social, siendo vehículo de solidaridad con los grupos más desprotegidos de la sociedad.
Historia

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La Guerra Civil y la Represión Franquista en Extremadura

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LA GUERRA CIVIL Y LA REPRESION FRANQUISTA EN EXTREMADURA CONTADA POR SUS PROTAGONISTAS

La creación de la Universidad de Extremadura, además de lo que ha supuesto para que miles de jóvenes extremeños pudieran obtener una titulación universitaria de diferentes especialidades y grados sin tener que abandonar la Región. Ha conllevado también, lo que para algunos podrá ser secundario, pero que por los menos para mí no lo es.

Me refiero a los estudios y al conocimiento de la Historia de Extremadura, desde diferentes ángulos de visión, lo que ha supuesto un gran enriquecimiento cultural como pueblo. Pues un pueblo, nunca llegara a ser un pueblo con mayúscula; sino conoce su cultura. Porque como dijo Seneca: “No conocer lo que ha sucedido antes, es ser eternamente como un niño”.

Quizás por el desconocimiento que existía sobre el asunto, debido  a la parcialidad que se nos contó lo sucedido desde la versión de los vencedores durante los cuarenta años del franquismo.

La Guerra Civil y la Represión que posteriormente conllevo, tanto a nivel regional, como provincial y local,  seguramente sea uno de los temas más estudiados en la Universidad de Extremadura, a través de seminarios, tesis doctorales, etc., tanto por los catedráticos y profesores, como por los alumnos.

A través de esos diferentes estudios, sabemos la incidencia que tuvo sobre el desarrollo de la Guerra,  la Reforma Agraria de la II República en Extremadura, con la actitud semi-revolucionaria desarrollada por los jornaleros y yunteros con la ocupación y la roturación de las tierras y la oposición frontal militarista de la Burguesía Agraria Extremeña.

Igualmente, también a través de los mencionados estudios, conocemos por ejemplo, que el desarrollo de la Guerra y su repercusión  en Extremadura, no hubiera sido igual, si los estrategas militares de la Sublevación, no hubieran considerado un gran peligro para las tropas el avance hacia Madrid siguiendo la carretera de Andalucía al tener que atravesar Despeñaperros.

Lo que conllevo, que se optara por Extremadura para el avance de las tropas sublevadas camino  de Madrid, y por consiguiente fuera en la Región donde verdaderamente comenzara la Guerra como tal con el enfrentamiento de los militares profesionales  del bando sublevado y las milicias populares, así como que la represión fuera intensa por parte de ambos lados, pero sobre todo muy intensa desde el lado de los Sublevados, ya que querían dejar claro desde el primer momento que no iban a permitir dejar en la retaguardia, republicanos que una vez que ellos hubieran marchado volvieran a formar grupos guerrilleros  más o menos organizados que comenzaran una contra conquista, abriéndose un nuevo frente.

También por los estudios realizados, igualmente conocemos que Cáceres capital y gran parte de la provincia  se unieron inmediatamente al Movimiento y que Badajoz tanto la capital como la mayoría de la provincia siguieron fiel a la Republica, lo que conllevo un movimiento de ciudadanos de una Zona a otra, unos para defender a la Republica y otros para apoyar la Sublevación.

 Aunque la verdad es que la gran mayoría sobre todo los republicanos,  se quedaron en sus pueblos bajo el pensamiento equivocado de: “Yo no he hecho nada malo, y no tengo nada que temer”.

       

Pensamiento muy humano, y sobre todo muy natural de ciudadanos de clase humilde, que a pesar de sus estrecheces y de lo difícil que era para ellos la vida en aquella Extremadura de los años 30, vivían en sociedad llevando cada uno de ellos su cruz, pero teniendo y  haciendo muchos de ellos de…………. Cuando el peso de la Cruz del vecino o del familiar pesaba más de lo que él podía soportar.

Como decía anteriormente, debido a la gran cantidad de estudios, tesis y seminarios sobre la Guerra Civil en Extremadura, conocemos casi todo, sin embargo hay una parte quizás de las más importantes y a la vez de las más desconocida que es: “Como vivió el pueblo llano aquellos hechos, y sobre todo cual fue la imagen que quedo en la retina de aquellos extremeños, todo lo sucedido”.

 

Para conocer aquellas vivencias, y sobre todo la imagen  en blanco y negro, sobre todo en negro, que quedó grabada en la retina de aquellos paisanos nuestro, he reunido a través de diferentes fuentes, la historia de quince extremeños, de todos los aspectos políticos y sociales,  que vivieron en primera persona la Guerra Civil y la Represión Política que siguió a la misma en nuestra Región.

Estas son las quinces grandes historias personales, contadas por sus protagonistas:

Jose Maria Calzado Piñas.

Nació en Garciaz en 1.911. Desde niño se dedicó a las labores del campo, pudiendo haber sido muy bien quien iluminara a Miguel Hernández, para  escribir su Poema  el “Niño Yuntero”.

Como el mismo manifiesta, toda su vida ha sido jornalero, y por lo tanto se ha dedicado a labrar la tierra o a la caza furtiva cuando no había jornales, que eran muchos días al año.

Durante la República perteneció a las Juventudes Socialistas, y como casi todos los jornaleros y yunteros de su pueblo, fue de los que ocuparon y roturaron las fincas a la sombra de la “Reforma Agrarias” o como él dice: “La Agraria”.

Su testimonio es representativo de uno de los hechos que mayor repercusión tuvo con la llegada de la Republica a Extremadura, la “Reforma Agraria”.

 Y Jose Maria, como muchos extremeños que habían luchado por ella, la hicieron suya y  se sumaron a la defensa del Gobierno de la Republica, además de por su ideología,  porque eran consciente de que si el Levantamiento Militar triunfaba, la Reforma Agraria seria anulada como luego así sucedió.

Entonces comenta Jose Maria, no teníamos ni donde caernos muertos, ya que dependíamos totalmente del campo, y para que nos dieran un poco de labor el cacique había que ir con el sombrero o la gorra quitada, llamándole “mi amo” y entonces quizás te daba un sobrao.

Como no nos daban tierra alguna,  cuando llego “La Agraria” en marzo del 36 fuimos a la finca de Valdepuercas con 10 o 12 yuntas para roturarla y sembrarla. Aquello eran unos majadales posíos que no se habían labrado nunca.

Se decía por el pueblo, que cuando el “Amo” vio la finca roturada y los yunteros en ella, le entro tal disgusto que se fue para casa, se metió en la cama y se murió de no comer, ya que con la pena se le había quitado el apetito.

Nosotros íbamos a pedirles a los terratenientes tierras para labrar al tercio o al cuarto, aunque muchas veces nos obligaban a que fuera al quinto, lo que quiere decir que el dueño de la finca se llevaba la quinta parte de la cosecha y nosotros solamente una.

Como toda la organización de las roturaciones y ocupaciones de las fincas, la llevaba la “Casa del Pueblo”, hubo muchos medianeros que no siéndolo, de la noche a la mañana se hicieron socialistas para que le dieran tierra, y así no tener que pagar a los dueños de las fincas que llevaban hacia años en medianía.

Para las ocupaciones de las fincas, casi siempre quedábamos por la noche en la “Casa del Pueblo” o en la plaza y allí decidíamos entre todos a qué finca íbamos al día siguiente.

 Aunque oficialmente era el Alcalde quien nos mandaba y quien nos defendía en caso de problemas con la Guardia Civil.

También era el Alcalde, quien acordaba generalmente con los dueños los jornales a cobrar según las leyes aprobadas.

 Ante de “La Agraria”, como he dicho era el dueño de la finca quien imponía cuanto pagaba, mientras que luego era el Alcalde quien decía el jornal, según el trabajo a realizar.

En base a lo estipulado en “La Agraria”, en Garciaz se araron buenas tierras estercoladas que no se habían labrado nunca, ya que sus dueños las tenían para cotos de caza.

Con motivo del aumento de las tierras labradas, se cogió en aquella campaña mucho grano, tanto que muchas familias tuvieron que meterlo debajo de la cama y pudieron vivir dignamente con su venta o consumo. Ya que en estos pueblos, el que tenía harina para hacer pan se encontraba satisfecho, porque no le faltaba para comer y aquí con “La Agraria” a nadie le falto la harina.

Los dueños de las fincas del termino de Garciaz, no eran del pueblo, eran generalmente de: Logrosan, Berzocana y Trujillo.

Cuando llego al pueblo la noticia del Alzamiento el 19 de julio,  las fincas estaban totalmente sembradas, pero no pudimos recoger la cosecha, ya que aquel mismo día casi todos los que las habían sembrado tuvieron que huir y algunos que se quedaron los  mataron.

Yo me tire al monte hasta llegar a la Zona de Pela que estaba en la Zona Roja y allí estuve defendiendo la Republica hasta que nos mandaron para Don Benito.

Angel Tejada Lopez,

Nació en 1.914 en Peñalsordo, en el seno de una familia obrera del campo de nueve hermanos.

        Su padre era jornalero y él fue miembro de la Juventudes Socialista de su pueblo y participo en la ocupación de tierras de la época.

        Después del Golpe de Estado del General Franco, se hizo miliciano y combatió para defender el Gobierno Legítimo de la Republica, siendo posteriormente represaliado y encarcelado.

Nos cuenta Angel, que en los años 30 se pasaba hambre en todas las casas de los pobres. Era una necesidad motivada por la falta de los jornales necesarios para llevar a casa un trozo de pan que comer.

En los años 31 y 32 comenzó la “Reforma Agraria” que no tuvo el resultado que esperábamos y que se agravo con la llegada de la derecha al Gobierno de la Republica.

En mí pueblo y ante la falta de jornales, tuvimos que ocupar algunas fincas en la que entramos los jornaleros y  los yunteros.

Yo participe en las ocupaciones. En 1.934 fueron tres fincas las que roturamos, que eran de una Condesa que vivía en Madrid, pero que tenía once finas en mi pueblo con más de 5.000 fanegas.

Yo ocupe con otros compañeros, la finca “El Águila”. A mí me tocó un trocito para sembrar de una hectárea. Tocaba muy poco, porque era todo el pueblo entero el que participo en las ocupaciones, y por lo tanto era para todo el pueblo para el que había que repartir.

Llegábamos a ocupar las fincas con las yuntas y los aperos y nos poníamos a labrarla. Luego llegaba la Guardia Civil y nos desalojaba, pero una vez que se habían ido volvíamos a ocuparlas, así hasta la victoria del “Frente Popular”, que entonces ya nos cedieron definitivamente a cada uno las tierras que habíamos ocupados.

En las ocupaciones debimos participar unas cien familias de mi pueblo y qué duda cabe que ello mejoro nuestra situación, porque entonces tuvimos para comer.

Y aunque no es que fuera mucho, pero para el que no tiene nada, aunque sea poco, siempre es algo. Y no hay duda que durante las ocupaciones el Pueblo mejoro.

La verdad es que a la Condesa que era la propietaria de las tierras, no llegamos a verla nunca por las fincas,  en su lugar para defender su propiedad, la que aparecía era la Guardia Civil.

La gente que ocupamos las fincas nos ayudábamos unos a otros y había una gran solidaridad entre la clase trabajadora, porque éramos consciente que era la única forma de defender lo poco que teníamos.

Cuando estallo el Movimiento, yo me fui a la Guerra e ingrese en Madrid en la Casa de Campo. En febrero del 37 vine a Extremadura con la “62 Brigada Mixta” que estaba formada casi en su totalidad por milicianos extremeños y estuvimos combatiendo además de por Córdoba, por Extremadura por la zona de Don Benito.

Después fui para Toledo, donde estuve combatiendo para volver de nuevo a Extremadura al ser destinado en la Estafeta de Cabeza del Buey, para volver de nuevo al frente en Toledo, donde estuve hasta el fin de la Guerra, siendo posteriormente represaliado y encarcelado.

Nada más terminar la Guerra, nos quitaron las tierras que el Gobierno de la Republica nos había dado, porque mí pueblo estuvo hasta al final perteneciendo a la zona republicana.

Y la Guerra termino, pero comenzaron las represalias, aunque no por  que hubiéremos ocupado las tierras, porque casi todo el mundo era consciente que era una necesidad para que los jornaleros y yunteros pudiéramos comer.

Sino por otros muchos temas, algunos de ellos por disputas personales, ya que mucha gente generalmente adicta al Movimiento, utilizo la derrota republicana, para cobrarse causas pendientes.

Pero aquello ya paso, y a pesar de las penurias que sufrí y después de tantos años, sigo pensando como entonces. Por ello voy a recitar unos versos que escribí en aquel tiempo.

Se borraran las fronteras

y libre ya las naciones,

se acabaran los cañones,

instrumentos de tiranos.

Los pueblos, todos hermanos,

disfrutaran de alegría,

y todo será armonía,

entre los seres humanos.

 

Eliseo Orozco Palacin,

Nació en Arroyo de la Luz en 1.905, siendo desde muy temprana edad jornalero agrícola.

También siendo muy joven participo en la fundación de los sindicatos en Arroyo, llegando a ser Secretario del Sindicato de Obreros Agrícolas, que estaba adscrito a la Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT.

 

En 1.932 se afilió al PCE y durante la Guerra Civil lucho en el frente de Extremadura en la “63 Brigada Mixta”, desarrollando a la vez actividades civiles por designación del Partido Comunista de España a través del Comité Regional de Extremadura.

En abril de 1.939 fue hecho prisionero en Alicante y condenado a 20 años y un día de cárcel, aunque salió en libertad en 1.944.

Aunque al año siguiente fue detenido de nuevo en Madrid, siendo condenado a la pena de 10 años de prisión, que cumplió en los penales de Alcalá de Henares y Burgos.

Eliseo Orozco, fue un testigo muy activo de las Elecciones del “16 de Febrero del 36”, que como nos cuenta  ganaron en Arroyo de la Luz el “Frente Popular”.

Nosotros los trabajadores, dice Eliseo, habíamos acogido la Republica con entusiasmo, pero la gente se radicalizo rápidamente.

 Las elecciones del 33 que en Cáceres ganaron las derechas, en Arroyo las ganamos las izquierdas.

Y es que en Arroyo, había una Federación Sindical muy grande, con más de 1.500 afiliados, por ellos las ocupaciones de fincas y las roturaciones de tierra se realizaron incluso en el “Bienio Negro” que estuvo gobernado por la derecha.

En mi pueblo no había apenas republicanos como tal, éramos socialistas y comunistas y ante que nada afiliados a la “Casa del Pueblo”, donde convivíamos muy amablemente los militantes de los dos partidos.

Era la Ejecutiva de la “Casa del Pueblo” quien llevaba todas las reivindicaciones políticas y sindicales, y también fue la que preparo las “Elecciones de Febrero del 36”, miembros de las mesas, interventores, etc.; ya que el PSOE y el PCE como tal estaban poco organizados.

Hay que recordar que en febrero del 36, Hitler estaba en su pleno apogeo y lo que nosotros pedíamos era que se “frenase el avance del fascismo”, así como que se diese una Amnistía a todos los presos políticos que estaban en las cárceles con motivo de la Revolución de Octubre de 1.934.

Así mismo, dentro del “Programa del Frente Popular” estaba recogido llevar a efecto una verdadera “Reforma Agraria”, ya que la realizada en la primeros años de la Republica nos parecía moderada y con ellas no se habían conseguido los objetivos que se perseguían, que no eran otros que: “dar la tierra que los terratenientes le negaban a los jornaleros y yunteros para que pudieran trabajarlas”.

En la campaña electoral de las “Elecciones del 36”, en Arroyo como había sucedido en todas la elecciones anteriores no hubo enfrentamiento personales, ni tampoco después.

Ya que antes la “Victoria del Frente Popular”, los hombres de la burguesía y la derecha arroyana aunque a regañadientes, admitieron los resultados y no levantaron grito alguno contra la Republica, como sucedió en otros pueblos.

Arroyo fueron a dar un “Mitin Unitario” durante la campaña, los socialistas Felipe Granado y Luis Romero, que eran naturales de Alcántara, y que en las elecciones salieron elegidos diputados a Cortes.

Y por el Partido Comunista, el mitin lo dio,  Máximo Calvo, que era el Secretario General del Partido Comunista de la Provincia de Cáceres.

El día de las elecciones todo ocurrió con normalidad, yo estuve de Interventor en la Plaza Mayor y el ambiente en las “Mesas Electorales” era bueno, hasta el punto que comimos todos juntos los de derecha y los de izquierda. A nosotros nos traían la comida de la Casa del Pueblo y a ellos del casino, pero la pusimos toda junta y entre todo no la comimos.

La victoria del “Frente Popular” se vivió en las izquierdas con mucha alegría, porque considerábamos que volvía a ganar la Republica y que dejábamos atrás aquellos años del Bienio Negro.

 Nunca pensamos que solo cinco meses después nos viéramos enfrentado los españoles en una “Guerra Civil”, porque unos desarmados que había jurado fidelidad a la Republica, no solo incumplieron su juramento, sino que se levantaron en armas contra ella.

Juan Muñoz Sobrado,

 Había nacido en 1.921 y estudiaba quinto de bachillerato en el Instituto de Cáceres, cuando estallo el Movimiento. Su padre era militar y había muerto en África en el llamado “Desastre de Anual” en 1.921. Posteriormente con los años seria miembro del SEU y  falangista.

En su testimonio nos cuenta: Yo no tuve noticias del levantamiento hasta el domingo día 19 a las 11 de la mañana, cuando salió el Comandante Linos al frente de una Compañía del Regimiento Argel a proclamar en la Plaza de Santa Maria de Cáceres,  el Estado de Guerra, volviendo a repetir su lectura en la Plaza Mayor.

La gente como era costumbre, estaba de paseo matinal de domingo, desde la Plaza de San Juan hasta el final de la Plaza Mayor, cuando se sorprendió al ver desfilar la Compañía desde el Cuartel hasta la Plaza de Santa Maria con la banda militar y la bandera Republicana.

Yo como casi todos los muchachos, les fuimos siguiendo. Al llegar a la Plaza de Santa Maria el Guardia de Asalto que estaba de seguridad delante del Gobierno Civil , no hizo intención ninguna de resistirse, ni de cerrar la puerta de acceso.

La ciudad fue ocupada rápidamente y en varios sitios estratégicos, montaron ametralladora. Se decía que los responsables de la movilización militar eran los capitanes Visedo y Perez Viñeta.

En Cáceres habían detenidos en la Cárcel de la calle Nido, en los bajos de lo que hoy es la Audiencia, a gente de derechas, generalmente falangistas, que nada más proclamarse el Estado de Guerra fueron liberados, entre ellos el Capitán Luna, que era un militar retirado y el Jefe Provincial de Falange.

En algunos puntos de la ciudad, se cruzaron algunos tiros entre falangistas y los ocupantes de una camioneta, en la que dicen que iba el diputado socialista Romero Solano. Posiblemente fueran militantes socialistas, aunque entonces a todos los de izquierda se les llamaba comunista.

La mayoría de las gentes se recluyo en sus casas, aunque hubo otros muchos que fueron a presentarse voluntarios al Regimiento de Infantería que estaba al lado de la Plaza de Toros, o en casa del Capitán Luna que se convirtió en el Cuartel Provisional de la Falange y catalizador de las fuerzas civiles.

La gente que se aproximó a los dos sitios eran personas de prestigio, de la alta burguesía y clase media alta, que se unieron enseguida al Movimiento.

Ya por la tarde hubo personas que salieron por la Ciudad en grupo para mantener el  orden,  con documentos emitidos por la autoridad correspondiente a la que representaban y con brazaletes distintivos.

El ambiente que se respiraba por la ciudad, es que todo había acabado, que se había “vuelto la tortilla” y que a partir de entonces sería la gente de derecha la que mandaría en España.

Yo tenía solo catorce años, y me estaba vetados muchos temas. En mi casa lo único que hacia mi madre era rezar el rosario y pedir que “no pasara nada”.

Salustiano Alvarez Muñoz,

Nació en Villar del Rey en 1.921 en el seno de una familia de braceros.

Educado desde niño en el socialismo, tenía apenas 16 años cuando ingreso en el Ejército Republicano y empuño las armas para defender a la Republica.

Según dice en su testimonio:

Al poco tiempo de su ingreso, fue detenido, pero se escapó y participó activamente en la guerrilla, hasta que paso a Portugal para hacer de enlace con el Partido Comunista Portugués, siendo detenido por la policía portuguesa, y entregado a las autoridades franquistas.

Pero se volvió a escapar, hasta ser de nuevo detenido y condenado a muerte, aunque le conmutaron la pena capital por treinta años de prisión.

Evadido de nuevo de la cárcel, huye a Francia donde lucha en la Guerrilla al lado del ejército francés contra los nazis.

Años después vuelve a España clandestinamente, donde es detenido de nuevo, siendo puesto en libertad y desterrado a más de 700 kilómetros de su pueblo.

Aunque apenas contaba quince años, cuando estallo la Sublevación Franquita.

Salustiano, es un testigo de excepción de la reacción de su pueblo antes la mencionada sublevación.

El día 19 al volver del trabajo en el campo y al entrar en el pueblo, se notaba a la gente como angustiada y con ansiedad.

En mi casa nada más atravesar el umbral, mi madre me dijo: “Hijo tienes una citación para esta noche a las nueve y media en la Casa del Pueblo. Ya que al parecer ha habido una sublevación militar contra la República”.

Al llegar a la Casa del Pueblo, el salón rebosaba de gente. En todos los asistentes se reflejaba  inquietud y de ansiedad en sus rostros.

 La tribuna la ocupaban  los miembros de las organizaciones existentes en la localidad, y al frente de todas ellas el Alcalde al que acompaña el Brigada de Carabineros, fiel republicano como representante de las fuerzas armadas.

Nada más comenzar la asamblea, tomo la palabra el Alcalde quien manifiesto:

“Como ayer, hoy también he hablado con el Gobernador. Es cierto que han existido intentos de sublevación en varias plazas militares. Pero me ha dicho que el Gobierno domina la situación. No me ha concretado más.

También me ha dicho que a tenor de las leyes actuales, soy la única autoridad ejecutoria local, y que detenga a todos los que a mi criterio tengan una significación de derechas, que puedan atentar contra el poder establecido, rogándome, eso sí, que se les trate a todos con corrección y con arreglo lo que estipulan las leyes para los casos de insurgencias”.

        Y continuo diciendo: “No es mi intención, no asumir la responsabilidad que emana de mi cargo, pero creo que en este momento histórico que vivimos, todos los partidos aquí representados debíamos constituir un “órgano” que asumiera colectivamente todas las responsabilidades y las medidas adoptar en el ámbito local con el objetivo  de parar la insurgencia”.

Terminada la intervención del Alcalde y tras un pequeño debate, todos los responsables de las organizaciones locales, acordaron crear el “Comité Local de Guerra”.

Una de las primeras medidas que tomo el mencionado Comité, es realizar un listado con todos los miembros de derechas, que el mencionado Comité considero que podían alterar el orden establecido en el pueblo.

Hecha la lista, en la que se inscribió a unos 150 vecinos, el Alcalde llamo al Sargento de la Guardia Civil para que detuviera a todos los de la lista y los llevara a los lugares establecidos para su control.

Al decirle el Alcalde lo que  debía hacer, el Sargento le contesto: “Yo no detengo a nadie”. Contestación que irrito al Alcalde quien le pregunto al Sargento ¿si se insubordinaba? Exponiéndole, las consecuencias que podía tener ante tal insubordinación, ya que según la legislación en estos casos, él es la máxima autoridad local.

Ante el cariz a que estaba tomando la situación, el Sargento cogió la lista y aquella misma noche detuvo a todos los que figuraban en ella.

 Lo que seguramente evito, que algunos exaltados aprovecharan el momento de desconcierto y la exaltación para dar el paseo alguno de los detenidos.

En la mañana del día 20, salimos para Badajoz capital unos veinticincos jóvenes para pedir armas a los militares de la plaza.

Hecho este que también debieron pensar otros muchos jóvenes de varios pueblos, porque nos juntamos en Badajoz miles de toda la provincia.

Pero el Gobernador Civil, se negó a entregarnos las armas que pedíamos, por lo que al día siguiente nos volvimos al pueblo, con el pensamiento de que la situación en la Provincia de Badajoz se deterioraba día tras día.

El día 25 de julio, sobre la diez de la mañana aparecieron en el pueblo un grupo de anarquista en una camioneta pintada con letras rojas.  que decían: CNT, FAI y AIT.

Al llegar a la plaza en la que me encontraba, el que parecía el Jefe me pregunto: “¿Muchacho, donde tenéis detenidos a los fascistas del pueblos? Que vamos a darle el paseo”.

Antes tal pregunta, me dirigí a casa del Alcalde y le conté lo que había pasado, saliendo enseguida para la plaza con un grupo de jornaleros que había en la Casa del Pueblo.

Cuando los anarquistas le dicen al Alcalde a lo que vienen, le contestan que “eso nunca jamás”, que solo están detenidos como mediadas de seguridad, pero que no han hecho nada malo, y que ser de derecha no es motivo alguno para pasearlos.

Viendo que la situación iba tomando mal cariz, los anarquistas reconsideraron su postura y se marcharon.

 Pero ya subido en la camioneta uno de ellos se dirigió al  Alcalde y le dijo: “Alcalde, salvador de esos perjuros. Pronto entraran los fascistas, amigos de los que habéis salvados. Y el primero que caerás será tu y después todos los demás. Pues no sabéis con la clase de gente que os jugáis las habichuelas”.

Desgraciadamente, la profecía del aquel anarquista se cumplió, pues un total de 67 hombres y 27 mujeres fueron asesinadas en un pueblo que entonces tenía algo más de 4.000 habitantes. Y ello cuando los más significados políticamente habíamos abandonado el pueblo y por lo tanto los vecinos que se habían quedado poco tenían que ver con la política.

Matías Lozano Tejeda,

Nació en Villanueva de la Serena, en el seno de una familia de clase media rural. Siendo estudiante en el año 1.934 se afilió a la Falange, y posteriormente participo activamente en la sublevación contra el Gobierno de la Republica, en la Zona de la Serena junto a otros muchos militantes y simpatizantes de falange y unos noventas Guardias Civiles del puesto de Villanueva y de otros pueblos como: Campanario, Magazela, la Coronada, La haba, etc., todos bajo el mando de un Capitán de la Guardia Civil.

Su testimonio es muy interesante, porque desmonta entre otras cosas, el mantra que la derecha española dijo y sigue diciendo que la Sublevación Militar tuvo como espoleta el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio de 1.936.

Matías, manifiesta que un mes ante del 18 de julio, llego a Villanueva un médico llamado Matéu,  que envió la Falange de Madrid para ponerse al frente de los falangistas del pueblo para prepararlos para la sublevación.

El Centro de Reclutamiento que había en Villanueva contaba con un Teniente Coronel, mutilado de la Guerra de África y unos 10 o 12 soldados.

Pero no intervinieron en la Sublevación, no porque no estuvieran de acuerdo, sino por un enfrentamiento del Tte. Coronel con el Capitán de la Guardia Civil del Puesto, ya que aunque tenía menor graduación consideraba que era el quien tenía que mandar las tropas, al tener mayor número de efectivos.

Villanueva y Castuera fueron dos de los pueblos que se rebelaron contra la Republica el día 19 de julio, aunque Castuera solo resistió  cuatro días, ya que enseguida la recuperaron los republicanos, pero los sublevados escaparon del pueblo y se fueron a Villanueva donde se unieron a nosotros.

Unos día antes de la Sublevación, el Capitán de la Guardia Civil ordeno a las autoridades republicanas, que requisaran todas las armas que tuvieran en sus domicilios las personas de derecha y las llevaran al Ayuntamiento.

 Hecho este, que era un engaño a las autoridades, ya que creyeron que era para parar un posible golpe, cuando la realidad era para tener todas la armas juntas  el día de la sublevación y repartirlas entren  los adeptos al Movimiento.

Los falangistas recibimos la orden de que la mañana del 19 permaneciéramos en los alrededores del Ayuntamiento, hasta que fuéramos llamados para recoger las armas que se habían recogido unos días antes, y así lo hicimos.

Estando a la espera, vimos entra a el Capitán de la Guardia Civil y a varios guardias en el Ayuntamiento, deteniendo al Alcalde, concejales y responsables de las fuerzas políticas y sindicales allí congregadas.

Todos ellos fueron enviados detenidos  a Cáceres, donde el Movimiento Nacional había triunfado, permaneciendo allí presos hasta el mes de julio de 1.937, que fueron devueltos a Villanueva, juzgados por un Tribunal Militar en un Consejo de Guerra, condenados a muertes y ejecutados, aunque yo por esas fechas ya no me encontraba en Villanueva.

Sobre finales de julio una noche, el medico Matéu jefe nuestro de Falange, dos guardia civiles, un taxista  y yo marchamos a la Estación de Ferrocarril de Don Benito y cortamos los cables del telégrafo, quedando incomunicado por unas horas Badajoz con Madrid.

El día 29 de julio,  en un enfrentamiento con el enemigo en el Castillo de Villanueva, en la margen derecha del Guadiana, murieron un Teniente de la Guardia Civil y un falangista, resultando heridos graves varios guardias y falangistas.

Hecho este, que anticipo la evacuación  de Villanueva, ya que el mismo día por la tarde salieron unas doscientas personas del pueblo para Miajadas, bajo la custodia de varios guardias civiles.

Al día siguiente al amanecer, vinos que nos atacaban por varios frentes las tropas republicanas, en mayor número que otras veces.

Viendo que nos superaban en cantidad, un grupo fue avisar a la Guardia Civil que guardaba el Puente del Guadiana, para rechazar cualquier ataque del enemigo que pudiera venir de la “Siberia Extremeña”. Pero los veinte guardias civiles habían marchado también por la noche a Miajadas.

Durante el asedio a Villanueva, además de varios números de la guardia civil, murieron siete falangista y otros tantos fueron heridos de gravedad.

 Por el espíritu combativo y los hechos acaecidos en aquel Julio del 36 en Villanueva,  se le concedió posteriormente a la Falange Local, la “Palma de Plata Colectiva”. Una de las condecoraciones más importante de Falange Española.

Celestino Camacho Castaño,

Nació en la Cordosera en 1.917, por lo que al estallar la Sublevación tenía solo 17 años.

No había pasado un mes cuando huyo de su pueblo y se unió a la recién creada guerrilla que se estableció por la “Sierra de Alpotreque”, donde estuvo más de un año como guerrillero, hasta que  en año 1.938 junto a otros compañeros marcho al Frente de Aragón, donde ingreso en el Partido Comunista.

El testimonio de Celestino, nos introduce en un tema, “La Guerrilla” que tuvo mucha importancia en Extremadura desde los primeros días, ya que muchos extremeños optaron por esta forma de lucha para defender a la Republica.

Celestino nos dice en su exposición:

 La sublevación franquista me cogió en mi pueblo, en la Coordosera y allí estuve hasta que decidí unirme con otros paisanos para formar la guerrilla  antifranquista que posteriormente actuaría  en la “Sierra de Alpotreque”.

Lo que colmó el vaso, fue la detención de un tío mío y de un jornalero conocido como “El liebre” a finales del mes de agosto por parte de la Guardia Civil.

Aquel día llego la Guardia Civil al pueblo y fueron a buscar a mi tío a su casa, deteniéndolo y montándolo en una camioneta, junto a “El Liebre”.

Al dejarlos solos los Guardias, para irse a tomar una copa a un bar cercano, me acerque y le dije a mi tío que huyera, contestándome: “Que él no había hecho nada malo y no tenía nada que temer”.

Pero nada más terminar de decirme eso, me entrego su reloj y unas monedas que llevaba en el bolsillo, para que yo se las diera a mi tía, pues según me dijo: “donde iba no las iba a necesitar”.

        Y donde lo llevaron, nunca se supo, lo que sí sabemos es que no lo volvimos a ver, pues desapareció para siempre.

Ese hecho fue lo que me impulso días después a echarme al monte junto a otros compañeros para formar la primera “Guerrilla Antifranquista” de Extremadura, e incluso creo que la primera de España.

Escondidos en la Sierra estuvimos unos 300 guerrilleros hasta mediados de 1.937, viviendo en campamentos que nosotros mismos construíamos o en chozos de majadas recorriendo toda la Sierra.

Como no todos estábamos armados, unos de nuestros objetivos era atacar los cortijos para quedarnos con las armas de los guardas y de los señoritos.

La partida la mandaba un carabinero raso, que se había mantenido fiel a la Republica, ya que era el único que tenía algo de idea de organización militar, pero a los dos o tres meses todos éramos unos expertos guerrilleros.

Yo era el más joven de todos, pero había varios que no superábamos los 18 años. Pero el caso más dramático era el de las 19 mujeres, algunas de la cuales hasta con niños que se habían unido a la guerrilla por diferentes motivos, como fue el caso de una miliciana de Roca de la Sierra, que llevaba tres días casadas cuando mataron a su marido y a ella le dieron aceite de ricino para purgarla, además de córtale el pelo  y pasearla por el pueblo. Así que enseguida que pudo se hecho al monte con su madres y su abuela.

Las mujeres por el horror que habían sufrido muchas de ellas en sus propias carnes por los facciosos eran muy valientes, combatían igual que los hombres como una guerrillera más.

A veces nos infiltrábamos en los pueblos de la zona, bien para ver a nuestros familiares o para recoger información sobre la Guardia Civil o las tropas que por allí andaban. La verdad es que teníamos muy buena información, tanto es así que no tuvimos ninguna baja.

Una vez nos informaron que falangistas y terratenientes de la zona habían contratado un avión en Portugal para que encontrara y bombardeara el campamento.

Lo que hicimos fue abandonarlo unos días antes y con latas de tomate y dinamita hicimos una especie de bombas, ocultándolas para que no la vieran.

Cuando llegaron después del bombardeo aéreo, al no salir nadie pensaron que nos habían matado a todos, pero enseguida se dieron cuenta que no era así, ya que no había cadáveres, con lo cual cabreados prendieron fuego al campamento explotando las bombas manuales que habíamos fabricados e hiriendo algunos de ellos.

Era una vida muy penosa, además de las productos del campo nos alimentábamos de carne de novillo o cerdos que robábamos en la grande dehesas de la comarca, y en cuanto al pan no lo traían a escondida familiares y amigos que no lo dejaban en sitios convenidos alejados del campamento y nosotros íbamos a recogerlo.

Lo peor era la época del invierno, ya que para calentarnos  y quitarnos el frio teníamos que hacer fuego, y claro enseguida nos detectaban por el humo, con lo cual teníamos que salir huyendo y cambiar el asentamiento.

Cuando nos enterábamos que en algún pueblo podía haber paseos, nos pasábamos por allí, para hacernos notar y para que supieran que si fusilaban a gente de izquierda, nosotros teníamos capacidad de hacer lo mismo con ellos.

Esa forma de actual, según nos dijeron, conllevo que alguna que otra vez no hubiera fusilamientos.

A partir del mes febrero de 1.937 que incorporaron al Ejercito a la limpieza de la Guerrilla, la situación se hizo más difícil, por lo cual un grupo de más de 100, decidimos salid de allí e ir a combatir a otros lugares.

A pesar de que las tropas nacionales y la guardia civil apoyadas por falangistas, nos habían cercados, fuimos capaz de salid sin tener ninguna baja y eso que en el grupo también iban mujeres y niños.

Sin embargo, pasado unos días tuvimos que abandonar más de veinte caballos que llevábamos, ya que nos hicieron una emboscada y tuvimos que salid corriendo, lo cual supuso que tuviéramos que hacer todo el camino, incluyendo a mujeres y niños a pie hasta que llegamos a Medellín que seguía en zona republicana.

Una vez en Medellín, nos llegaron noticias de que a los guerrilleros que se habían quedado los tenían totalmente cercados, por lo que un grupo de 20 decidimos volver de nuevo a la Sierra para ayudarlos, y cual fue nuestra sorpresa, cuando vimos que se habían unido al grupo como guerrilleros dos alemanes miembros de las brigadas internacionales.

Las idas y venidas desde Medellín  a la Sierra y desde la Sierra a Medellín, fueron una constante durante largo tiempo, hasta que llegamos a la conclusión que con la guerrilla hacíamos poco daño a las tropas franquista, por lo cual muchos de nosotros optamos por marchar e incorporarnos al Ejército de Republicano.

Fernando Fernández Albarrán,

Nació en Badajoz en 1.908 y en Julio de 1.936 se encontraba en Sevilla, ya que se había casado con una sevillana y era en esa ciudad donde ejercía su profesión de abogado.

El día 18 de julio ya militaba en la Falange, y no dudo posteriormente en unirse como civil en la “Columna Madrid”, siendo testigo ocular del avance de las tropas franquista desde Sevilla por Extremadura hasta la toma de Badajoz por el Tte. Coronel Yagüe, hombre al que estuvo muy unido desde el mismo día de la salida de Sevilla.

El 18 de julio, el Alzamiento me sorprendió en Sevilla montado en un tranvía comenta Fernando.

 Empezaron los tiros y al detenerse el tranvía, me baje y me fui corriendo para mi casa ya que estaba totalmente desorientado sobre lo que pasaba.

Una vez en casa, y pensando lo que en realidad podía suceder, decidí marcha a casa del Jefe de Falange de Sevilla, que era mi amigo y como nos imaginamos que en los tiroteos estarían los nuestros y teníamos la obligación de unirnos a ellos, nos fuimos para Capitanía General y allí nos dieron a cada uno una pistola y un brazalete de Falange.

En los días siguientes, mi misión consistió en conducir un coche que me asignaron y acompañar al “Jefe de Falange”  junto a dos soldados que nos acompañaban como escolta, a llevar partes de información sobre la situación a nuestra gente a los puntos donde se estaba luchando, para que  entre otras cosas su moral no decayera.

Como yo tenía toda mi familia en Badajoz, todo mi afán era enrolarme en los contingentes nacionales que formarían la Columna que iba avanzar por Extremadura, para de esa forma poder llegar a la capital y ver que había sido de los míos.

El día 2 de agosto por la tarde, salió de Sevilla el primer contingente de la llamada “Columna Madrid” al mando del Tte. Coronel Asensio.

Yo me apunte a la columna que mandaba el Comandante Castejón, con dos falangistas más que también se unieron.

Al llegar a la entrada de Extremadura, la columna de Castejón nos apartamos y nos fuimos a tomar Llerena, encontrando en ella una pequeña resistencia de milicianos antes de llegar al pueblo, y luego otra  de milicianos y civiles que se habían encerrado en la Iglesia de la Granada.

Una vez ocupada Llerena nos volvimos y nos unimos de nuevo a la “Columna Madrid”, no encontrando resistencia ni en Monesterio ni en Fuente de Cantos, siendo la primera resistencia un poco fuerte la de la “Sierra de los Santos de Maimona”, donde se encontraban esperándonos fuerzas del “Regimiento Badajoz” apoyada por una unidad de carabineros y milicianos.

Una vez ocupados Los Santos, marchamos hacia Zafra, donde hubo un pequeño conato de resistencia, pero si más; ya que enseguida se nos unió el Jefe de Línea de la Guardia Civil con numerosos guardias.

Mientras nosotros habíamos tomado las dos poblaciones anteriores, la columna de Asensio había avanzado por la Tierra de Barros ocupando Villafranca y Almendralejo, ya que en las dos poblaciones solo hubo una pequeña resistencia de gente que disparaba desde las torres de las iglesias.

A la mañana siguiente salimos hacia Mérida, toda la columna completa al mando del Tte. Coronel Asensio, donde llegamos al anochecer.

Y aunque aquel día nuestra aviación había bombardeado la ciudad varias veces, al día siguiente encontramos mucha resistencia y un intenso fuego enemigo.

Mérida se tomó finalmente el 11 de agosto y hay que decir que hubo muchas bajas en los dos bandos. Aunque nosotros tuvimos más suelte que ellos, ya que tuvimos muchas menos bajas y heridos.

El día 12 mientras la tropa descansaba en Mérida, el Tte. Coronel Yagüe, que había sido el día anterior nombrado por el Mando Militar, Jefe de la “Columna Madrid”, envió a través de tres prisioneros al Coronel Pugdengola que mandaba las tropas de Badajoz un mensaje en el que le decía: “Dispongo de potente columna. Rendíos y  entregaos, seré benévolo”.

Al día siguiente, por la mañana Yagüe salió con toda las fuerzas de la “Columna de Madrid” hacia Badajoz. A mí me quedo de enlace en la central telefónica de Mérida, con la misión de enviar sus mensajes al Cuartel General que Franco tenía en Sevilla y viceversa.

Al llegar a Mérida el Tte. Coronel Tella y hacerse cargo de la Central Telefónica, me marche para Badajoz junto a los otros dos legionarios que me acompañaban, alcanzando en Talavera la Real a la Columna y esperando allí para dar el último asalto a la capital que fue bombardeada varias veces ese día por nuestra aviación.

El día 14 por la mañana nuestra artillería abrió la primera brecha por la Puerta Trinidad, por la que comenzaron a entrar nuestras tropas. Una vez dentro, comenzaron un duro combate con las fuerzas y milicianos que defendían la plaza.

Sobre la siete de la tarde, Yagüe me mando para que en el coche y acompañado de un capitán y un alférez de la Guardia Civil entraramos en Badajoz para ver si podía entrar él hasta el Ayuntamiento donde montaría su cuartel general.

Visto que si no subíamos por las calles principales hasta San Juan, no resultaba muy peligroso el viaje, así lo hicimos quedando de esa forma instalado en el Ayuntamiento el Cuartel de General del Mando.

Yo una vez que había dejado  a Yagüe, me fui en busca de mi familia, encontrándolos a todos bien.

Unos habían estado escondido en los sótanos y otros volvían de la cárcel donde los habías recluido los republicanos y de donde los habían sacados nuestros soldados.

 

El portugués,  Mario Neves,

 Nació en Lisboa en 1.912 y en el año 1.936 además de ser Abogado, escribía como corresponsal en el “Diario de Lisboa”, del que llego a ser su director.

Mario,  fue el primer corresponsal de un periódico extranjero que llego a Badajoz la misma tarde-noche del 14 de agosto, inmediatamente después de la ocupación  de la ciudad por la “Columna de Madrid” acompañándoles otros dos periodista  de nacionalidad francesa,  uno de ellos de la Agencia “Havas” y otro del diario “Le Temps".

 

Sin embargo fue solamente Neves, quien dejo escrito posteriormente en un libro titulado “la Matanza de Badajoz” los horrores que vio por las calles de la ciudad aquel mismo día 14 y los siguientes, hasta que el día 17 su periódico dejo de publicar las crónicas que mandaba presionado por el Gobierno y el decidió abandonar Badajoz como ciudad maldita, prometiéndose a él mismo que nunca más volvería a pisar la ciudad.

En el mencionado libro, Mario Neves escribe:

De madrugada y procedente de la Frontera de Caya, soy el primer periodista portugués que ha entrado en Badajoz, tras la caída de la ciudad en poder de los rebeldes: “Acabo de presenciar tal espectáculo de desolación y pavor que tardara de borrarse de mis ojos. Las calles de Badajoz se encuentran llenas de cadáveres”.

 

El día ha sido largo, hemos estado desde la mañana en la Frontera esperando que nos dieran un salvoconducto, pero hasta la tarde-noche no lo hemos conseguido, y luego hemos tenido que esperar que alguien nos llevara hasta Badajoz, aunque si no hubiera sido por el peligro que corríamos hubiéramos ido andando.

Todo el día hemos estado observando desde la torre de la aduana, lo que estaba ocurriendo en la Ciudad, y como la aviación y la artillería sublevada la bombardeaban. 

A medio día los bombardeos han parado, especulamos si habrá sido porque la Ciudad ya ha sido tomada por los rebeldes, o es que las tropas se han dado un respiro para comer, pues sabemos que los españoles son capaces de todo.

Pero la tregua, si ha sido una tregua ha sido corta, pues antes de las cuatro de la tarde comienzan de nuevo los bombardeos y en este caso con mayor intensidad.

Desde la torre con unos anteojos, y como Badajoz está relativamente cerca podemos ver los daños causados por las bombas en los puntos más altos de la ciudad como la catedral y el castillo.

Finalmente, a las nueve y media de la noche, logramos tomar asiento en un automóvil de falangistas que se dirigían a Badajoz. 

A la mañana siguientes, conseguimos hablar con el Jefe Local de Falange, Agustin Carande, que nos da un salvoconducto para poder circular por toda la ciudad. Tenemos la sensación que quieren que la prensa extranjera de a conocer a todo el Mundo,  la toma de Badajoz, para por un lado dar animo a la tropa sublevada y a las fuerzas falangistas, y por otro que los republicanos pierdan la moral al contemplar lo fácil que ha sido la toma de la ciudad.

Nos damos una vuelta rápidamente por la ciudad y comprobamos los estragos causados principalmente por los bombardeos, presentando las calles un aspecto desolador, ya que además de los nacionales, solo se ven a mujeres vestida de luto negro con la mirada perdida y con banderas blancas pidiendo clemencia.

Entre los edificios destruidos, se encuentran el “Teatro Lopez de Ayala”,  una parte del hospital y sobre todos las pequeñas casa del “Barrio de San Andres”, que ha sido uno de los barrios que más ataque aéreos ha sufrido. Las paredes de muchas de las casas se mantienen en pie, pero el interior está todo destruido.

Hiela el corazón oír a la gente humilde que en ellas habitaban llorar desconsoladamente ante la tragedia que acaban de vivir.

Posteriormente nos dirigimos a la Plaza de Toros, para comprobar “in situ” lo que allí ha sucedido.

Lo primero que vemos es un gran número de carros blindados del Frente Popular completamente destruidos, lo que nos da una imagen de la feroz lucha que se ha debido establecer allí.

Hecho que además lo certifican los numerosos cadáveres de milicianos que aun yacen sobre la arena del ruedo, lo que le da a la plaza un aspecto macabro.

Volvemos a la Comandancia Militar, donde se ha instalado el Mando Militar y nos recibe muy amablemente un “Capitán del Tercio”, quien nos explica con todo lujo de detalle la entrada en la ciudad por parte de las dos columnas de Asensio y Castejón que son las han intervenido en la toma de la ciudad.

Pedimos ver al militar de mayor graduación que está al frente de las tropas, y somos recibidos en su despacho oficial por el Tte. Coronel Yagüe, quien nos dice que la “Acción” ha sido la más importante desde que comenzó la cruzada.

Le preguntamos  que confirme la cifra que se comenta entre los mandos militares de 2.000 fusilados hasta la fecha, contestándonos con una frialdad  tremenda: “no deben ser tantos”.

En mi crónica de esa jornada,  intento escribir con minucia todo lo que han podido ver mis ojos durante el día, deteniéndome en el incendio del Teatro López de Ayala, la destrucción parcial del hospital, y la gran cantidad de cadáveres todavía esparcidos por la Plaza de Toros.

Así mismo cuento para que lo sepa el Mundo entero,  un detalle de una enorme crueldad “los detenidos que presentan la señal de la culata del fusil en su hombro son fusilados inmediatamente”.

El día 16, vuelvo a Badajoz, pero no porque tenga nostalgia del espectáculo dantesco que contemple ayer, sino porque tengo la obligación de observa lo que sucede en la ciudad una vez ocupada por los rebelde, y seguir contándolo para que lo conozcan los ciudadanos.

Ese día escribo, sobre el espectáculo inhumano que he podido contemplar en el Cementerio.

Por la mañana camino de Badajoz desde Caya, hemos visto una espesa nube de humo que salía del Cementerio que está en la carretera de Olivenza.

Nada más llegar, me acerque para ver lo que sucedía, contemplando una de las visiones más dantesca de mi profesión periodística, ya que pude ver con mis propios ojos,  como los militares franquistas mandaba a  los propios prisioneros que hicieran diferentes montones con los centenares de cadáveres que allí había y que después de rociarlos con gasolina  les prendieran fuego para destruirlos.

Llevándome además de esas terribles imágenes en mi retina,  el olor a carne humana chamuscada.

La impresión que me da, es que no queman los cuerpos para esconder la barbaridad que han cometido, pues creo que se sienten orgullosos.

El día 17,  mi crónica fue censurada por el Gobierno Portugués y mi periódico el “Diario de Lisboa” no la publico, pero para entonces el Mundo entero sabia a través de mis crónicas y la de otros compañeros, de la Matanza realizada en Badajoz por el ejército sublevado, llenándose con tal motivo la Capital de corresponsales de los periódicos más importantes del Planeta.

Yo, he intentado desde que llegue a Badajoz contar lo sucedido con la mayor seriedad posible y atenerme a los hechos que he podido comprobar yo mismo, y no por lo que me contaban.

Y como mi periódico ha sido presionado por el Gobierno Portugués para que no publique mis crónicas, quiero dejar Badajoz, cueste lo que cueste lo más rápido posible y prometerme a mí mismo que no volveré nunca más.

Porque por muchos años que me mantenga en la vida periodística, jamás se me presentara, un acontecimiento tan impresionante como el que me ha traído a estas ardientes tierras de mi querida España.

No se trata de extravagancia ridícula de un sentimentalismo excesivo. Basta con tener una mediana formación moral y estar al margen de las pasiones enfrentadas para que no se puedan presenciar fríamente las escenas horribles de esta tremenda Guerra Civil que amenaza con devorar a España, destruyendo para siempre el amor y sembrando odios bien profundos entre la población.

Sin embargo, antes de abandonar la ciudad, donde ciertamente la Paz tardara en reinar “Digo Paz y no calma” deseo abordar todavía otro hecho que considero inhumano.

 Los cadáveres que estoy viendo hoy día 18 por diferentes sitios de la ciudad,  no están en los mismos lugares que estaban ayer, ni tampoco es  igual el número de ellos, hay muchos más.

 Lo que me da pensar que son las propias Autoridades Militares Sublevadas las que ordenan que se queden tirados los cadáveres, con el objeto de que la población vea con sus propios ojos que las ejecuciones son muy numerosas y que la justicia es inflexible con aquellos que no se unen al Movimiento.

 Uno de los periodistas que llegaron al calor de las crónicas de Mario Neves, fue el estadounidense Jay Allen del “Chicago Tribune”, que según comento conocía anteriormente Extremadura porque se había interesado y escrito sobre  la Revolución Campesina y la Reforma Agraria de la Republica en la Región.

El día 25 de agosto, el mencionado periodista  escribía en su diario: “Esta es la historia más horrorosa sobre la que he tenido que escribir, nada más llegar a la pensión, subí a la azotea, vi fuego, están quemando los cuerpos, 4.000 hombres y mujeres que han muerto en Badajoz desde que los morros y legionarios rebeldes del General Franco tomaron la ciudad. Dicen que la primera noche la sangre alcanzo un palmo de profundidad, no lo dudo, se asesinó a 1.800 hombres y mujeres en un plazo de 12 horas, y en 1.800 cuerpos hay más sangre de lo que uno se puede imaginar”.

Días más tardes,  la “Columna de Madrid” abandonaba Badajoz para seguir su marcha camino de Madrid, pero a  partir de entonces los corresponsales de los diferentes medios,   ya no se la llamaran con ese nombre, sino como  “La Columna de la Muerte”.

Durante la marcha, el enviado especial del New York Heralde Tribuna le pregunto al Tte. Coronel Yagüe que le confirmara la cifra de  4.000 fusilamientos de la que se hablaba en diferentes periódicos y entre sus mandos militares.

 Contestándole Yagüe: “Por supuesto que los hemos matados” ¿Qué esperaba? ¿Iba yo a cargar 4.000 rojos conmigo mientras mi columna tiene que avanzar a marchas forzadas? ¿Iba yo a dejarlos libres en mi retaguardia para que Badajoz volviera a ser rojo?

 

Antonio Elviro Berdeguez,

Nació en el año de 1.892 en el pueblo  de Salorino, en el seno de una familia de clase media rural.

Al acabar la educación básica, sus padres le llevaron a Madrid para hacer bachillerato y terminado el mismo,  marcho a Salamanca para estudiar en su Universidad la Carrera de Medicina, siguiendo la estela de su padre que era el medico del pueblo.

Terminada la carrera, volvió a Salorino  donde comenzó a ejercer la medicina, comprobando y viendo con sus propios ojos la situación en la que mal-vivían los jornaleros y los yunteros que había en el pueblo debido a que la gran mayoría de las tierras del termino estaba en mano de dos familias de terratenientes, que además eran absentistas, viviendo una de ella en Madrid y la otra en Cáceres capital.

Ello, creo en él una conciencia crítica hacia la situación de retraso y hambre en que vivían los ciudadanos de Extremadura en general y en particular los trabajadores del campo, que tenían que mendigar todos los días un jornal a los caciques para poder dar de comer a sus hijos.

Y todo ello, porque la tierra, principal recurso económico de la Región estaba en manos de solo unos pocos de terratenientes absentistas que no sentían el clamor y la necesidad del pueblo extremeño que pedía  tierras para cultivar, ya que ellos tenían sus grandes dehesas no como unidad productiva en beneficio de Extremadura y su gente; sino como cotos de cazas para su ocio.

Por todo lo cual, en 1.922 escribió un Manifiesto que título “Extremadura, para los extremeños”, que como su título indica, en el manifestaba que Extremadura no saldría de la postración en que se encontraba hasta que sus recursos económicos, principalmente la tierra no estuviera en manos de los extremeños que la cultivaban.

También a partir de ese momento, comenzó a colaborar con la Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT, hecho este que le supuso el enfrentamiento con muchas gente de su clase, que no comprendían como podía tener esas ideas y defender los postulados socialistas, comenzándole a llamar entre ellos “El Desclasado”.

Aunque a él como lo tenía tan claro, no le afecto lo más mínimo  el descalificativo, contestándole un día a un periodista que le pregunto: “Que en Extremadura, había que ser socialista, más que por convencimiento, por humanidad”.

Según fueron pasando los años, su compromiso con el socialismo era más fuerte cada día, así en 1.928 comenzó a escribir en “El Socialista” órgano de expresión del Partido Socialista Obrero Español y en el periódico “Unión y Trabajo” del sindicato UGT de la provincia de Cáceres, llegando también a ser Presidente de la Casa del Pueblo de Salorino en representación de las sociedades agrarias, pero nunca llego  a militar en el Partido Socialista como tal.

Elviro, como así era conocido en Extremadura y principalmente por los pueblos de las comarcas de Valencia y Alcántara, desgraciadamente nunca pudo contar sus vivencias sobre la Guerra Civil, ya que fue fusilado cuando tan solo habían pasado cinco meses de la Sublevación.

Por ello, me vais a permitir de que sea yo quien le ponga voz y actué como si fuera el cronista de los últimos días de su vida. Seguro que él me perdonaría el atrevimiento.

Llegado el 19 de Julio de 1.936, nos enteramos que en Cáceres capital había triunfado el Golpe de Estado, ya que los mandos y la tropa del “Regimiento de Artillería Argel”  se habían levantado en armas contra la Republica,  al igual que los responsables y un gran número de la Comandancia de la Guardia Civil, destituyendo al Alcalde de Cáceres, al Presidente de la Diputación y al Gobernador Civil.

Algunos militantes de los partidos de izquierda PSOE y PCE,  y de las sociedades agrarias vinculadas a la UGT de Salorino, optaron por atravesar la “Sierra de San Pedro” y marchar a San Vicente de Alcántara y Albuquerque, ya que la provincia de Badajoz seguía fiel a la Republica, pues ni el Ejercito, ni la Guardia Civil,  ni la Guardia de Asalto de la Capital, se habían unido a los golpistas.

Yo como otros muchos, por diferentes motivos nos quedamos en el pueblo, todos bajo el mismo pensamiento de: “No hemos hecho nada malo, y por lo tanto de nada tenemos que huir”.

Pensamiento equivocado, como pudimos comprobar a los pocos días, cuando llegaron varios miembros del ejército y de la Guardia Civil para reforzar la línea de la “Sierra de San Pedro” que se había convertido en frontera natural entre la Zona Nacional y la Republicana.

El día 7 de agosto,  por la mañana sobre las 11 horas, dicen que fui detenido junto a tres vecinos más: Máximo Cabezali, secretario del Ayuntamiento; Virgilio Duran, estudiante de veintiún años y Fernando Calzo, maestro.

 En el parte de detención firmado por el Alférez que mandaba las fuerzas (incluidas las de Falange) se dice:

“Que los dos primeros (Máximo y Yo) fueron detenidos por servir de agentes de enlace entre elementos avanzados de esta localidad y las milicias rojas de Alburquerque y San Vicente; y a los dos últimos, como así mismo a los dos anteriores, por ser los instigadores de cuanto desmanes se han cometido en el pueblo por elementos marxistas, ser declarados enemigos del Movimiento Salvador de España y ser animadores obreros a los que le han inculcados para que marchasen a los pueblos referidos a alistarse a las milicias rojas contra el Movimiento, lo que han verificado unos 40 vecinos que se encuentran en los indicados pueblos”.

Una vez detenidos, fuimos puestos a disposición del Coronel Comandante Militar de la provincia e ingresado en la Prisión Provincial de Cáceres,  era el día nueve del mismo mes, a la vez que comenzaba a funcionar toda la parafernalia (nombramiento de juez instructor, secretario, etc.) para la celebración del Juicio, que de antemano ya tenía firmada la sentencia.

El día 19, le tomaron declaración a dos guardias civiles, que habían participado en la detención, dándose las circunstancias que no eran del puesto de Salorino, sino de el del de Torremocha a más de  70 Km.

Aunque lógicamente poco podían conóceme, no tuvieron empacho en decir el primero y ratificar el segundo, que era el máximo dirigente marxista no solo de la localidad, sino de los pueblos limítrofes de la comarca,  y que recibía órdenes directamente de Cáceres, así como que en el momento de mi detención tenía una carta comprometedora recibida de un telegrafista de Cáceres, y que la misma no la podían entregar al Tribunal, ya que se la habían enviado al Capitán Luna, Jefe de Falange de la Provincial de Cáceres.

Ese mismo día el Juez Militar dictaba Auto de Procesamiento contra los cuatro detenidos  por: “Considerarnos  como agentes de enlace entre los extremistas de Salorino y las milicias rojas de la provincia de Badajoz, así como instigadores de cuantos desmanes se habían cometido en el pueblo por los elementos marxistas, y por ser declarados enemigos del Movimiento Nacional.

Por todo lo cual terminaba el Auto: “Nos consideraba como autores de un delito de excitación a la rebelión, castigado en el párrafo segundo del art.40 del código de Justicia Militar”.

Una vez dictado el Procesamiento, dos días después se nos tomaba declaración a los detenidos.

Yo manifieste, que no fui detenido el día 7 de agosto sino el día 5 por la tarde estando sentado al fresco a la puerta de mi casa, según me dijeron por pertenecer a la Sociedad Obrera, siendo ingresado en la cárcel, desde donde fui trasladado a la Presión Provincial, habiendo llevado hasta el día de mí detención una vida normar.

Igualmente, manifieste que no era enlace entre vecindarios del pueblo y de las fuerzas republicanas de Badajoz, ya que desde el día de la Sublevación era consciente de lo que la misma representaba, llegando incluso a entregar en el Cuartel de la Guardia Civil la pistola q tenia autorizada por mí condición de médico del pueblo, y por consiguiente de autoridad sanitaria.

Por último, al ser preguntado de los motivo que habían tenido varios vecinos para ausentarse del pueblo, manifieste que no lo sabía, aunque era de suponer que fuera por el temor a ser detenido como me había sucedido a mí.

El 26 de agosto, el nuevo alcalde de Salorino contesto al requerimiento del Juez sobre nuestra conducta manifestando entre otras cosas: “Que todos éramos comunista, habiendo sido Cabezali y yo quienes  habíamos inducido sin reparo algunos a los individuos de acción para conseguir que triunfara el Frente Popular y emprender acciones contra las personas de orden de la localidad”.

El día 12 de septiembre, el Juez Militar y el Fiscal de mutuo acuerdo cambiaban  el Auto de Procesamiento del 19 de agosto por el de: “autores de un delito de adhesión a la rebelión militar, previsto y penado en el art. 238 del Código de Justicia Militar”.

El 18 de septiembre, el Jefe de la Fiscalía de la 2ª División formulaba las conclusiones provisionales sobre la Causa, exponiendo en entre otras cosas: “Que éramos responsable de dos delitos, uno de rebelión y otro de adhesión a la rebelión, por lo que a los efectos del art. 173 del Código de Justicia Militar y con el agravante de la transcendencia de los hechos y los momentos que ocurrieron, procedía imponer a cada uno de los acusados, la pena de reclusión perpetua a muerte”.

Al día siguiente, el responsable de la cárcel enviaba al Juez Militar, para los efectos oportunos, un certificado del actual Alcalde de Salorino, que según él había sido intervenido en mí correspondencia.

Llama la atención que dicho certificado, me lo hubiera enviado a mí el Alcalde, ya que el mismo no solo no era positivo para mí defensa, sino todo lo contrario, pues en el mismo el Alcalde entre otras cosas manifestaba:

 “Desde hace tiempo actuó en política con exceso, por lo que puso en duda su conducta, actuando sin reparos en sentido de izquierda, y aunque no se le considera hombre de acción, llego al convencimiento de todo el público, que no solo se descartaba públicamente en este pueblo; sino que le consideraban dirigente de los elementos de izquierda de los pueblos de la comarca, ya que tenía ayuda y se escribía hasta con diputados socialistas, llegando a tener que ser amonestado por la Guardia Civil varias veces por sus actuaciones”.

El día 21 de octubre, el Juez Militar, leía los Cargos que resultaban del sumario, que en definitiva era el de: Responsable de dos delitos, uno de rebelión y otro de adhesión a la rebelión, a los efectos de lo regulado en el  art. 173 del Código de Justicia Militar”.

Preguntado si tenía algo más que decir, propuse como testigos a: D. Julian Carrasco, industrial; D. Pedro Guisado de la gestora actual del ayuntamiento; D. Antonio Casco, secretario del juzgado, D. Juan Martin, secretario del ayuntamiento, y D. Arturo Carrasco, farmacéutico.

Pero no sé porque motivos, aunque me lo puedo imaginar, ninguno de ellos fue llamado a declarar. O quizás fue llamado y debido a su declaración a mí favor la misma no fue tenida en cuenta, porque nunca aparecieron dichas declaraciones en el sumario.

Ese mismo día,  el Coronel Gobernador Militar de la Plaza, nombraba a los miembros del Tribunal que formarían el Consejo de Guerra Sumarísimo, que tendría lugar al día siguiente a las 13 horas en la Caja de Reclutas de la Capital. Y en que actuaría como Presidente del mismo el Teniente Coronel, D. Jose Alba Abad.

        Celebrado el Consejo de Guerra el día y a la hora señalada, ese mismo día Dicto Sentencia el Tribunal, en la cual además de los cargos que se me imputaban, se manifestaba: “Que yo, Antonio Elviro, además de comunista era un activo propagandista de estas doctrinas destructoras por los pueblos de la comarca”.

Por lo cual se me condenaba, junto a mis vecinos de Salorino que habían sido detenidos conmigo a la “PENA DE MUERTE”.

El día 6 de diciembre,  el Gobernado Militar distaba una Orden, en la que exponía: “Que aprobadas por la Autoridad Judicial de la División y también por el Excmo. Sr. General Presidente del Gobierno del Estado Español la sentencia distada por el Consejo de Guerra, celebrado en esta Plaza recientemente contra: Máximo Cabezali, Virgilio Duran,  Fernando Calzo y Antonio Elviro en la causa 508 por el delito de rebelión militar, a los que se condena a la última pena, y ordenando inmediatamente su cumplimiento se observaran a tal fin las prescripciones siguientes:

Primero. Los reos serán ejecutados a la siete hora de mañana siete, en el campo de tiros de pistola inmediato al Cuartel del Regimiento Infantería Argel número 27.

Segundo. El piquete de custodia y ejecución de sentencia estará compuesto por un Sargento, dos cabos, un corneta y veintiocho guardia civiles, todos de la Comandancia de la Guardia Civil de Cáceres. Este piquete así formado deberá encontrase a las tres horas en la Prisión Provincial de Cáceres, para hacerse cargo de los reos.

El día de autos y a la hora prevista se llevó acabo mi ejecución y las de mis vecinos: Máximo Cabezali, Fernando Calzo y Virgilio Duran, este último con tan solo 21 años, y solo por sus ideas.

 Y cabría preguntarse: ¿Quién con un poco de corazón,  dignidad  y de sentido de clase en aquella Extremadura de  caciques y terratenientes a los 21 años no era socialista?

Después de la ejecución y como era preceptivo, el Juez levanto la Diligencia de “haberse ejecutado la sentencia”, manifestando: “En Cáceres a siete de diciembre de mil novecientos treinta y seis, el Sr. Juez hace constar por la presente diligencia, que a la siete hora del día de hoy, se ha llevado a efecto la sentencia de pena de muerte impuesta a los reos: Máximo Cabezali, Virgilio Duran,  Fernando Calzo y Antonio Elviro, los cuales fueron conducidos al sitio designado por el Sr. Coronel Gobernador Militar de esta Plaza y pasado por las armas con las formalidades debidas, habiendo quedados muertos a la primera descarga que se hizo y siendo conducidos sus cadáveres al cementerio de esta Capital con la correspondiente orden de enterramiento”.

Y en dicho cementerio, en una fosa común ha permanecido todos estos años mí cuerpo junto a los de otros paisanos de nuestra querida Extremadura, que por compartir los mismos ideales de: justicia, igualdad, libertad y fraternidad que yo, también fueron “pasados por las armas” con el argumento de “Rebelión y Adhesión a la Rebelión” cuando los que se habían rebelado contra el Gobierno Legítimo de la Republica al que habían jurado defender, habían sido ellos.

Y aunque eso duele, así como que acabaran conmigo cuando estaba en la flor de mi vida.

Casi más duele,  que aquellos que tienen las mismas ideas por la que me la segaron, años más tarde y ya en plena Democracia,  ni siquiera hayan defendido el atropello de que fuera “Fusilado” por defenderlas, ya que como dice el Catedrático de la Universidad de Extremadura, Fernando Sanchez Marroyo, que es el historiador que mejor ha estudiado mi vida.

 “Antonio Elviro era un hombre de izquierda, sobre el que tras su asesinato recayó el olvido más sistemático, hasta el punto que se convirtió durante décadas en un desconocido, un proscrito cuyo nombre incluso no convenía recordad”.

 

El placentino, Luis Romero,

 Nació en 1.903 y desde muy joven entro a trabajar en una panadería, aunque cuando comenzó la Guerra Civil, trabajaba en la construcción y según comentaría ya llegada la democracia,  no tenía actividad política alguna, lo único es que como otros muchos trabajadores de  la construcción estaba afiliado a “La Sociedad”, así como conocer al Alcalde de Plasencia., quien le propuso nombrarle Jefe de los Municipales, pero que rechazo el cargo.

Por aquellas años,  Luis Romero ya estaba casado y tenía tres hijos, por lo cual y temiendo que lo mataran estuvo mucho tiempo “Escondido como un Topo”.

Siendo este su interesante testimonio:

Cuando la Sublevación del 18 de julio, algunos nos asustamos, por lo que el 21 o 22 de julio nos fuimos varios compañeros a la “Estación de la Mancona” que estaba en la línea de Madrid a unos 25 kilómetros de Plasencia.

Fuimos andando hasta el lugar lo más deprisa que pudimos, pues teníamos mucho miedo, hasta que cerca de la estación encontramos unos chozos donde nos escondimos.

Un campesino de ideas socialista de Malpartida de Plasencia nos traía: queso, morcilla, pan y tocino.

Recuerdo que era muy mayor y nos contaba lo que decía la radio, aunque muchas cosas no entendíamos los que nos quería decir, pues por ejemplo a Queipo de Llano, le llamaba “Campo Llano” y hasta que pudimos averiguarlo, no sabíamos de quien hablaba.

Temiendo que al final nos pudieran encontrar y que además así no podíamos vivir mucho tiempo, un día decidí irme a un olivar que había cerca de Plasencia, que sabía que tenía una pequeña casa, y después de estar allí algunos días decidí regresar a mi domicilio en la calle Quesos de Plasencia.

Mis hijos en aquel momento tenían: 7, 5 y la niña pequeña 3 años. Los niños mayores eran más conscientes de lo que sucedía, y asumieron totalmente que no podían comentar nada sobre que vivía con ellos.

Sin embargo a la pequeña la tuvimos que convencer que no dijera nada de que yo vivía con ellos, prometiéndole que no lo decía,  cuando fuera a otro pueblo le traería una muñeca.

 Con lo cual, la niña cada vez que le preguntaban algo sobre mí, decía: “mi padre está en un pueblo trabajando, y cuando venga me va a traer una muñeca”.

Un día oí mucho ruido por la calle, y al asomarme con mucho cuidado para no ser visto comprobé que era un grupo de falangista que se dirigía hacia mí casa, por lo que me escape por una ventana y me fui en casa de un vecino maestro sin título, llamado Clemente Chapa.

Al llegar a mi casa los falangistas le preguntaron a mi mujer “donde estaba”, a lo que contesto que no lo sabía, pero no debieron de quedar muy convencido o algo sabían porque entraron y registraron toda la casa.

A los pocos meses de aquel registro, declararon nuestra casa en ruina, yo creo que con la única intención de que de ese modo no tendría más remedio que salid de mí escondite.

Nos fuimos a vivir a una casa destartalada de solo dos habitaciones en la carretera del Valle. Para distraerme solía asomarme entre las cortinas de las ventanas, y un día por un despiste una de las vecinas me vio, y como era muy normal entre algunos extracto de la población me denuncio.

La detención fue por la noche, estaba detrás de la puerta fumándome un cigarro cuando vi pasar a un legionario que yo conocía, comprendiendo de ese modo, que venían a por mí y así fue.

Intente escapar, pero como tenían toda la casa rodeada con pistola en mano, me adelante a ellos y me presente a uno que yo conocía, con la intención de que por lo menos  no me pegarían el tiro delante de mi mujer y mis hijos.

Una vez detenido me llevaron por la plaza mayor al Cuartel, donde estuve detenido hasta el día siguiente que me llevaron a la cárcel provisional de la calle el Rey y de allí a la cárcel que habían instalado en el “Palacio de Márquez de Mirabel”.

De allí nos sacaban todos los días y nos llevaban a realizar trabajo de desmonte a la finca Valcorchero.

Estando un día allí, detuvieron a Raimundo Lorenzo que estaba fugitivo y había bajado en busca de comida.

Los dos fuimos juzgados en el último Consejo de Guerra que se celebró en Plasencia el 23 de diciembre de 1.937. Él fue condenado a muerte y ejecutado, y a mí me condenaron a 12 años de prisión.

Ha mediado de 1.938, me llevaron con otros 86 detenidos a la Prisión de Astorga. Durante el viaje íbamos sin ataduras, pero ninguno hicimos intención de escapar, ya que antes de montar el sargento de la Guardia Civil nos había dicho: “Tener claro que toda España es una cárcel para vosotros los rojos,  por lo tanto no tratéis de escapar”.

Cumplida la sentencia y de vuelta a Plasencia, la Guardia Civil quiso utilizarme de chivato para denunciar a republicanos y socialista.

Yo, lógicamente me negué y al principio me presionaron bastante, pero al ver que ni con esa podían conmigo, pasado un tiempo no volvieron a molestarme.

Basilio Miguel Gonzalez Bueno,

Nació en Villar del Rey, perteneciendo al PSOE desde su fundación y así mismo a la Ejecutiva de la UGT.

Ante el avance de los sublevados por Extremadura, participo como miliciano en los combates contra la “Columna Madrid”, siendo hecho prisionero y fusilado, pero sobrevivió al mismo.

Posteriormente estuvo exiliado en Portugal, donde embarco para Venezuela permaneciendo en ese país durante 40 años, hasta que con la llegada de la democracia volvió a España y se instaló en su pueblo.

Cincuenta años después de los hechos acaecidos, este es su relato:

Después de la toma de Badajoz, los falangistas engrandecidos por la victoria, empezaron por todos los pueblos  a encerrarnos a los que habíamos apoyado la Republica. Y tras duros interrogatorios, nos fusilaban por grupos amarados unos con otros.

En Villar del Rey los fusilamientos comenzaros por los cargos municipales: el alcalde y los concejales del Frente Popular. Y con ellos en el primer grupo además  incluyeron a otro vecino a una mujer y a mí.

El día 12 de septiembre, a las 12 de la noche se presentaron falangistas y guardias civiles en el local que estábamos, y a golpes nos montaron en diferentes vehículos que esperaban en la calle.

A unos 5 kilómetros del pueblo pararon los vehículos y también a golpes nos bajaron de ellos, poniéndonos en la cuneta en fila todos atados con una cuerda, comenzado a disparar, y cayendo uno tras otro en la cuneta, donde nos taparon con paja para que no fuéramos vistos desde la carretera al pasar.

Yo recibí dos disparos, pero ninguno de ellos de muerte. Después de pasar un rato, me incorporé sigiloso y al ver que no había nadie, comencé a desatarme la cuerda con los dientes, hasta que quede libre.

Llorando como un chiquillo, me retire del lugar, donde quedaban tendidos siete cadáveres, uno de ellos de una mujer, que como a todos conocía.

Caminando  hacia la Sierra, alcance un sitio seguro donde además de curar las heridas estuve descansando, aunque sin olvidad lo que acababa de ver y vivir.

Después de cinco meses por la Sierra en unión de otros guerrilleros, nos pasamos a la Zona Republicana, donde ingrese en el “Regimiento de Caballería nº 5”, en el que estuve hasta que acabo la Guerra.

Al terminar la Guerra, pensando que “no tenía nada que temer porque no había hecho nada malo”, me dirigí al pueblo, pero no me dejaron ni siquiera entrar, ya que me estaban esperando tres guardias civiles y me llevaron a la Cárcel de Badajoz y de allí al Campo de Concentración de Castuera.

Un día en el Campo de Castuera, llego a mis oídos, que me iban a encerrar en el calabozo, y todos los prisioneros sabíamos que del calabozo no salía nadie vivo, ya que lo sacaba por la noche y los fusilaban.

Como pensé que mi única salvación era escaparme, lo intente y lo conseguí, estando durante dos años comiendo lo que cogía de la tierra y andando por los campos con mucho cuidado, camino de Portugal, donde estuve viviendo durante cuatro años, hasta que también empecé a ser perseguido por la policía política portuguesa con la intención de detenerme y entregarme  a los Sublevados.

Ante la crítica situación en que vivía, me puse en contacto con el “Comité de Ayuda al Refugiado” de Lisboa, que me preparo todos los papeles para mi traslado a Venezuela, donde he estado viviendo hasta la llegada de la democracia a España, en que he vuelto para vivir los muchos o pocos día que me queden, aunque no lo he podido hacer en mí casa, ya que estaba en poder de un adicto del Régimen Franquista. Lo había perdido todo, incluso mi humilde casa.

Jose Hernández Mulero,

Nació en Barcarrota en 1.914, en el seno de una familia campesina.

Al estallar la sublevación estaba afiliado a las Juventudes Comunista de España. Siendo miliciano en el Ejecito Republicano y terminada la guerra  uno de los muchos prisioneros que estuvo preso en el Campo de Concentración de Castuera.

Yo tenía 22 años cuando estalló la Guerra, nos dice Jose.

En mi pueblo había Ayuntamiento Socialista y al enterarnos de la sublevación salimos más de 30 jóvenes en un camión hacia Badajoz para incorporarnos a las milicias y defender la Republica frente a los sublevados.

Casi ya  finalizada la Guerra con la victoria del Ejército Franquista, junto a otros tres milicianos atravesamos a pie los Montes de Toledo para volver a Extremadura.

Al pasar por un pueblo, nos enteramos de que una máquina de tren iba a ir hasta Benalcázar para remolcar a un tren  de prisioneros para llevarlos a Mérida.

Nos montamos en el estribo de la máquina, pero con tan mala suelte que al llegar a Benalcázar fuimos detenidos y encerrados en unos de los vagones que iba lleno de prisioneros. Llegando a Mérida el 1 de abril, día que oficialmente terminó la Guerra.

De la estación nos llevaron a la Plaza de Toros, donde estuvimos varios meses hasta que de nuevo encerrados en un tren de ganados y tratándonos peor que si fuéramos animales, nos llevaron al “Campo de Concentración de Castuera”.

El campo estaba situado a unos tres kilómetros del pueblo, entre la vía de ferrocarril y la sierra. Era cuadrado con una doble alambrada y en cada una de las esquinas había montada una ametralladora.

En total había instalados unos 70 barracones de madera, donde mal vivíamos grupos de 70 presos, con lo cual el número de prisioneros rondaba los 5.000.

En los barracones no había muebles ni nada, el suelo era de tierra y dormíamos directamente en el suelo, apretados unos con otros. Pues no había espacio suficiente, con lo cual cuando hacía frio tampoco necesitábamos mantas, ya que nos dábamos calor los unos a los otros.

Por la noche estaba prohibido salid del barracón, con lo cual nuestras necesidades las hacíamos dentro, quedando allí la mierda hasta que por la mañana la limpiábamos.

De los más de dos meses que estuve allí, no comí más de 6 días calientes.

Nos daban cada día un bollito pequeño de pan y una lata de conserva de pescado y con eso teníamos que tener para todo el día.

 Ante tanta necesidad, los soldados hacían su agosto a base del estraperlo vendiéndonos algunas cosas a precios desorbitados.

Un día teníamos tanta hambre que invadimos la zona de las cocinas que estaban al aire libre. En unas grandes cacerolas había puestos a remojar garbanzos que llevaba dos días en agua.

Tanta era la necesidad de comer que teníamos que con las ansias tiramos las cacerolas y del suelo y llenos de tierras cogíamos a puñado los garbanzos y así no los comimos.

En cuanto al agua era también escasísima, llevaban poca y de tarde en tarde, con lo cual muchas veces no teníamos ni para beber. Tal era la necesidad de agua que teníamos que nosotros mismos hicimos una especie de embalse dentro de campo para aprovecha el agua de la lluvia, y allí lavábamos la poquina  ropa que teníamos.

Los militares que estaban al frente  de la “Seguridad del Campo”, sobre todos los sargentos nos trataban inhumanamente, sobre todo cuando se emborrachaban, pues la prendían con nosotros, pegándonos y tirándonos al suelo o al embalse del agua, con lo cual tenías que estar con toda la ropa mojada hiciera el frio que fuera.

Por las noches, en el silencio se oían los lloros de muchos compañeros, tanto de jóvenes como de viejos curtidos en la lucha.

 Hecho este que sucedía con más asiduidad en las noches que iban los falangistas de Castuera a buscar conocidos para darles el paseo, habiendo noches que llegaron a sacar hasta cinco de un solo barracón.

Cerca del Campo había una bocamina abandonada y muchas noches sentíamos vibrar el terreno como si hubiera explosiones en la mina.

Al principio y en nuestras ansias de libertad, pensamos que eran los maquis que venían a volar el Campo, pero luego nos enteramos que en ella hacían la “cuerda india”.

A los prisioneros que sacaban de campo los ataban todos con una cuerda y los tiraban a la mina atados unos con otros, ya que ellos mismos se arrastraban, y cuando todos habían caído tiraban una bomba de mano matándolos a todos y dejando los cadáveres en el fondo de la mina.

El día 6 de diciembre, junto a unos 1.800 prisioneros me sacaron del Campo y nos montaron en un tren para trasladarnos a Orduña (Bilbao), ya que según decían el Campo de Castuera iba a ser desmantelado.

El viaje duro tres día, tiempo que estuvimos sin comer ni beber y haciéndonos nuestra necesidades unos sobre otros.

Los que quedamos vivos del viaje, sacando fuerzas de flaquezas, comenzábamos de nuevo otro cautiverio, que no sería mejor que el de Castuera.

 

Joaquin Aguirreche,

 Fue un represaliado vasco, que estuvo en la Cárcel de Badajoz al terminar la Guerra en 1.940.

En su testimonio cuenta como era el ambiente de la Cárcel y sobre todo el destino de los condenados a muertes que pasaban sus últimos días en la misma.

Ingrese en la Cárcel de Badajoz nos dice Joaquin,  en enero de 1.940  procedente de la Prisión de Orduña junto con otros 45 compañeros que habían sido condenados a muertes.

Al llegar nos llevaron al patio, para el registro de nuestros miserables enseres y allí empezó mi calvario, pues un funcionario me cogió por el brazo y me pregunto porque no estaba yo junto a los otros y al decirle, que yo no estaba condenado a muerte, me dijo: “Pues ten cuidado no te vaya a condenar yo y a ejecutar en el momento”.

Camino de los calabozos, me encontré a un joven, casi un niño, quien me pregunto si era vasco.

Al decirle que sí, me cogió de la mano y me contesto que él era portugués y que se llamaba Agripino. Que había venido a España a defender la Republica y que solo por eso estaba condenado a muerte.

Que anteriormente,  había estado preso en la Cárcel de Ondarreta y que estaba muy agradecido a los vascos, por lo bien que lo habían acogido, por eso en cualquier lugar dónde hubiera un vasco, él sería su amigo.

A través de Agripino,  me hice amigo de Andres Grijota un joven extremeño de tan solo 24 años, naciendo entres nosotros una sincera y estrecha amistad que tuvo que terminar inevitablemente con su ejecución.

Andres, era sencillo, afable, cariñosos, simpático y con una gran dosis de inteligencia, que le hacía inmune a cualquier vanidad. Era tan humano, que a pesar de estar condenado a muertes, con él se podía uno reír, jugar y divertirse.

El día 2 de mayo, le comunicaron Agripino que le anulaban su consejo de guerra, pero que iba a ser trasladado a Madrid, para responder a otras acusaciones más grave aún.

Cuando le dijeron que sería trasladado a Madrid, lloraba como un niño, gritando: “Prefiero que me maten aquí, no quiero separarme de mis amigos”.

Andres, que era el que siempre estaba más entero, le daba ánimos diciéndole, que lo mismo era para bien y que tendría un final feliz.

La separación fue brutal, pues en nuestra situación perder a un amigo era dar un paso más hacia nuestro destino final.

Pero aun no habíamos pasado lo peor, yo por el momento no corría mucho peligro relativamente, pues mi Consejo de Guerra se había retrasado gracias a las hermanas Alba, que en un hecho sin precedente y en aquellos,  se hicieron cargo de mi defensa.

Pero a los pocos días Andres, le comunicaron que su ejecución seria el 24 de mayo.

La noche antes,  junto a los otros condenados lo metieron en capilla. Yo no pegue ojo en toda la noche, sobre las 3 de la madrugada vino uno de los carceleros a decirme que tenía que presentarme en la “Cancela” que así se llamaba el lugar donde estaban los presos la noche antes que su ejecución.

El miedo me hizo pensar lo peor, pero yo no había pasado Consejo de Guerra, con lo cual en teoría no podía ser fusilado. Tenía que haber una confusión.

Cuando llegue a la “Cancela”, donde tenían amontonados a los condenados, la sensación que sentí fue brutal.

Todos cabizbajos, pensativos, con la mirada perdida y sin decir ningún lamento. Las únicas palabras que salían de su boca eran para sus padres, mujer e hijos.

De pronto vi Andres frente a mí, con su mirada perdida, pero con su sonrisa de siempre me dijo: “Amigo Joaquin, ha llegado mí hora”.

Pidió al guardián que abriese la verja para poder despedirse de mí. Y abrazándonos fuertemente le dije: “Andres se valiente. Otro día me tocara a mí”. Y a mis palabras entrecortadas, contesto: “No te preocupes, tengo la buena sensación que a ti no te mataran”.

Andres estaba un poco nervioso, pero quien en su lugar no lo estaría.

Dirigiéndose al guardián le comento en una especie de arrebato: “No entienden ustedes al pueblo, y no lo entenderán nunca”. “No saben ustedes de sus dolores y sacrificios”.

Y a mí me dijo, que le gustaría que conociese a su familia y que le contara sus últimos momentos.

Nos fumamos el último cigarrillo juntos y cuando aún no lo habíamos terminado del todo,  se llevaron a mi gran amigo Andres.

 Andres Grijota Lozano, era natural  de Villanueva de la Serena, de 24 años de edad, pelo negro, estatura regular, ojos vivos y sobre todo una inteligencia poco común. Cuyo único delito que había cometido en su corta vida, era ser corresponsal de prensa del Diario “Claridad” del Partido Socialista.

Mientras el hacia su ultimo paseo, yo me fui para mi calabozo y tumbado en el suelo, me puse a llorar como un chiquillo por la pérdida de un verdadero amigo, pues si hay algún lugar en el Mundo donde se hacen verdaderos amigos, ese sitio es el lugar de reclusión de los presos políticos.

Luis Romero Solano,

Nació en Alcántara en el año 1.908 en el seno de una familia obrera.

Antes la dificultad de encontrar trabajo en su pueblo, la familia marcho a Cáceres, donde Luis comenzó a trabajar en la albañilería.

 Se dice,  que en la construcción del “Gran Teatro” que se estaba levantando entonces.

A partir de ese momento, su profesión será la de albañil, profesión que no solo no ocultara en ningún momento; sino que la llevara con orgullo, definiéndose el mismo como “Albañil” cuando tomo posesión como diputado.

 

A la vez, que comenzó su andadura profesional, debió comenzar a crearse en su persona una conciencia de clase, ya que desde muy joven se afilio a la Sociedad de Oficiales Albañiles de Cáceres, asociación que se incluiría  posteriormente en la UGT y en la cual llegaría a ser su Presidente.

Ello a la vez que comenzó a militar en la Federación de las Juventudes  Socialistas Provincial de Cáceres, donde llego a ser su Secretario General.

 

Años más tarde, esa actividad política y sindical le llevaría a ocupar un escaño en el Congreso de los Diputados, ya que en las dos últimas elecciones de la II República, salió elegido Diputado por la provincia de  Cáceres por el Partido Socialista Obrero Español, integrándose en el grupo de seguidores de Largo Caballero.

 

El 18 de Julio, cuando estallo la Sublevación Militar, se encontraba en Madrid tratando asuntos de la provincia, saliendo enseguida para Cáceres por mandato del partido, con el objetivo de ponerse al frente de la contra-sublevación si fuera necesario.

 

Su testimonio, lo dejo escrito en un libro que  publico en 1.947 y que título “En Víspera de la Guerra de España”, con el objetivo según manifiesta en su introducción: “dar a conocer desde mi visión uno de los hecho más triste de la historia de España, para que lo conozcan el mayor número de personas, y de ese modo se evite que vuelva a suceder”.

Las instrucciones dada a los Gobernadores Civiles por parte del Gobierno, dice Luis que son: “de que no se consienta la Huelga General, ni se arme al pueblo en tanto los militares de la provincia no declaren el Estado de Guerra”.

En Cáceres, la policía por orden del Gobernador, sigue cacheando a los trabajadores que rondan las casas de los falangistas más destacados, para evitar posibles altercados, mientras que consiente que los fascistas tengan los aparatos de radio a todo volumen, para que al pasar por las calles todo el mundo se entere de los movimientos y el avance de los sublevados.

Después de una noche de terrible insomnio, durante la cual el Gobernador, Sr. Canales ha llegado a llamar exaltados, hasta los más tibios republicanos, que junto con nosotros los socialistas le solicitábamos se procediese a las detenciones de los falangistas más destacados de la capital y provincia.

 Así como que retuviera en el Gobierno Civil al Coronel del Regimiento Argel y al Comandante Jefe de la Guardia Civil, para que fuera desde allí y delante de nosotros, desde donde dieran las órdenes oportunas al personal a su mando para que acataran la legalidad del Gobierno de la República.

 Amanece el domingo, día 19 de julio de 1.936.

Sobre las 11 de la mañana, tropas del Regimiento Infantería Argel, salen a la calle con banda de música incluida y la Bandera al frente.

 La gente cree que es un paseo militar, ya que para esconder su villanía, la bandera que llevan es la de la República, la que como militares han jurado defender.

Son los mismos Jefes del Regimiento y de la Comandancia, que horas antes habían prometido al Gobernador que eran leales a la Republica.

Sin ninguna resistencia, ya que el Gobernador no ha querido armar al pueblo, se apoderan del Gobierno Civil, la Diputación, el Ayuntamiento y la central telefónica, emplazando además ametralladoras automáticas en sitio estratégicos de la ciudad.

Ante la realidad de la situación, me uno en las afuera de la ciudad con compañeros del partido dispuestos a recorrer los pueblos de la provincia para avisar a las organizaciones obreras de lo sucedido en la capital, así como cortar las líneas de telégrafo y telefónicas con el objetivo de que los facciosos no puedan intimidad a los ayuntamientos de los pueblos.

Por la noche volvemos a la capital, y me escondo en casa de un compañero socialista, que está situada en el extrarradio de la ciudad cerca de mí domicilio.

Allí escondido me entero en los siguientes días por la prensa de la caída de Huelva y del avance de los facciosos por la provincia de Badajoz.

Algunos de mis amigo se han escondido en la Sierra de la “Virgen de la Montaña”, y otro han marchado andando para atravesar la “Sierra de San Pedro” y pasar a la provincia de Badajoz que sigue siendo Zona Republicana.

¡Qué días y que noches pasados en mi escondite!. Viendo entrar y salid a la policía y a los falangistas de mi casa.

Mis ancianos padres eran partidarios de que me entregase a los facciosos, pues conocedores de como soy, sabían que nunca le había hecho mal a nadie a sabiendas, y por lo tanto nada tenía que temer.

Ellos, con la carga de los años y de su sentido humanitario, ignoraban cual grande era la brecha, que la sublevación había abierto entre los españoles republicanos y los fascistas.

El Jefe Provincial de Falange, un Capitán del Ejército retirado por la Ley Azaña, apedillado Luna, me buscaba como un perro sabueso, que ventea la presa, para regar con mi sangre las calles de Cáceres y pasear mí cabeza como un glorioso trofeo de guerra.

Un día me traen la noticia de que acaban de detener a mí padre. Se lo han llevado al Cuartel de la Guardia Civil.

Estoy seguro que por su salud, edad y por las amenazas que recibirá, dirá el lugar en el que me encuentro escondido.

 Es el día 2 de agosto, y me preparo para escapar.

 Me traen de mi casa una vieja chaqueta, en la que mi madre entre el foro de la costura me ha escondido mi carnet de diputado y mi salva-conducto del Gobierno de la Republica.

Mi pensamiento por desgracia se cumple, no ha trascurrido mucho tiempo, cuando desde un ventanuco veo que una camioneta llena de guardias se para en la puerta de la casa de mis padres.

Mientras mí pobre madre baja y abre la puerta, a mí me da tiempo a saltar a otra casa a través del tejado y del patio, y así a otra sucesivamente hasta que salto definitivamente a la  calle y corriendo  llego a la carretera del Casar.

A ser un barrio obrero pequeño, y aunque voy medio disfrazado, todo los vecinos me reconocen y observan la escena en silencio, al igual que las mozas que llenaban sus cantaros de la “Fuente de Agua Viva”.

Mi idea preconcebida era cruzar a Portugal por la frontera de Alcántara, ya que en mí pueblo tengo muy buenos compañeros y amigos e incluso Guardias de Asalto que me ayudaran a pasar a campo a través. Nada más salid de Cáceres, me encuentro con unos conocidos socialistas que estaban en la saca del corcho y al conocerme me dan un cayado y un zurrón lleno de comida para el viaje.

Después de caminar todo el día, la primera noche la paso en una majada cerca de la estación de Arroyo.

 Intento engañar al pastor de la majada diciéndole que soy “recovero” que voy por el campo para ver el precio de los huevos y  las aves de corral, ya que en la capital no hay mercancías.

 Pero el pastor no se cree lo que le digo, ya que aunque algo de pinta de “recovero” tengo por lo desaliñada de la ropa que llevo, después de un rato me dice que mí cara le suena de un Mitin al que asistió en Arroyo cuando las elecciones de febrero, que  fui uno de los que hablo.

Tengo suelte, es simpatizante de izquierda, y no solo me rellena el zurrón de comida, sino que me indica el mejor camino que tengo que seguir para no encontrarme a los muchos jornaleros que por esas fechas están en el campo en la siega.

Ante de apuntar el alba, ya voy de camino de Navas del Madroño. Cruzo los viñedos y encinares de Arroyo, la Dehesa de la Virgen de la Luz y llego a la Cuesta de Araya, teniéndome que esconde ya que pasa el coche de línea que va para  Alcántara, y tengo que tener precaución no vaya a ir alguien que me conozca.

No sé cómo me las arreglo, pero otra vez me encuentro con otra majada, pero tengo la suerte que también es gente que me conoce, lo que me lleva a pensar: “la cantidad de personas que tenían puesta su confianza en los socialistas”.

La Sra. Costanza,  que así se llama la pastora, manda a un zagal que vaya a buscar a sus hijos que están segando y que les diga que vengan enseguida.

Y así es, al rato se presentan sus hijos y algunos otros campesinos, que al verme producen exclamaciones de asombro y alegría.

Pero enseguida les apagó el entusiasmo cuando le comento que me tengo que ir enseguida, porque la Guardia Civil y los falangistas me están buscando, y que estoy seguro que enseguida harán una visita al lugar.

Ellos están dispuestos a enfrentarse si es necesario con los guardia, pero les digo que lo único que necesito es a dos compañeros que me guíen a través del campo a través para llegar a la “Sierra de San Pedro”, ya que según me han informado,  allí hay compañeros que luego me ayudaran a llegar a Badajoz, que es donde pretendo ir.

En todos los rostros se expresa el deseo de luchar contra los sublevados, cuyos primeros apoyos que han recibió en los pueblos de la zona ha sido de los caciques, el cura y la Guardia Civil.

 ¡España entera está atrapada por las garras sangrientas de todos esos traidores!

La conversación mantenida con este puñado de recios campesinos extremeños, me hacen reflexionar sobre la intensidad y el dramatismo que ha alcanzado la sublevación en tan solo quince días.

Dos compañeros se presentan voluntarios, para acompañarme y tras llenar los zurrones de comida y agua, abandonamos “Cabeza de Araya”.

Dos días después y tras pasar cerca de “Puebla de Ovando”, de entre unos riscos salen unos milicianos que acompañan al líder del Partido Comunista, Máximo Calvo.

Ellos no me conocen, pero cuando me llevan delante de Máximo, claro que me conoce, ya que en las elecciones de febrero dimos muchos mítines juntos del Frente Popular, él en representación del PCE y yo por el PSOE.

Ceno con ellos, y después de descansar un poco, salgo para Badajoz, donde llego al amanecer. Allí pude abrazar a viejos amigos socialistas, entre ellos a Narciso Vázquez, Presidente de la Diputación.

Antes las noticias que llegan a la capital,  de que la aviación sublevada está bombardeando fuertemente Mérida, junto con otros compañeros del partido montó en un camión y marchamos hacia allí.

En la ciudad, hay una confusión tremenda por la fuerza del bombardeo aéreo por un lado, y de la artillería de la columna de Yagüe por otro.

El espectáculo que presentan las galerías del teatro romano es de puro dramatismo, ya que están llenas de mujeres y niños que buscan refugios ante dichos bombardeos.

Con esa escena, por primera vez han visto mis ojos, la cara maldita de la guerra.

Guerra entre españoles a los que no se les rompen las manos al descargar las bomba en las ciudades contra las personas, sobre todos contra los niños, que debían ser, según el juramento que hicieron sagrados para ellos.

Los milicianos mientras tanto escondiendo sus cuerpos a las balas de los moros, tras las columnas del puente romano, van viendo según pasa el tiempo como las aguas del Guadiana se van cubriendo de rojo de la sangre española derramada.

Ver todo aquello, fue la primera sensación de derrota que sufrí, pues los milicianos ni estaban suficientemente armados, ni sabían combatir.

Derrota que se hizo realidad al día siguiente, cuando la Ciudad cayó definitivamente en mano del Ejército sublevado.

De Mérida, como si fuéramos de peregrinación por los pueblos, un grupo llegamos a Don Benito.

La plaza era un hormiguero, pues aquella misma mañana la aviación facciosa la había bombardeado y un grupo de milicianos de otros pueblos, en vez de salid al campo a parar el avance de los facciosos, querían sacar de la cárcel a los prisioneros de derecha y darle el paseíllo para que pagaran  con sus vidas el bombardeo de la mañana.

Al presenciar la escena  de aquellos exaltados montando en los camiones los presos, sin pensar que me podían herir, cruce corriendo la plaza y después de presentarle al “Jefecillo del Grupo” mis credenciales de “Diputado Socialista” hice bajar a los presos de los camiones, todos los cuales tenían en sus rostros el horror de la muerte.

Un grupo de compañeros socialista, se pusieron  enseguida a mis órdenes, a los que les mande que cogieran los fusiles y se pusieran en la puerta de la cárcel para custodiar que nadie les pusiera la mano encima a los presos allí recluidos.

Para lo cual le di un pequeño mitin, en el que entre otras cosas le dije: “Yo acabo de llegar del campo faccioso y sé que allí se asesina tanto de día como de noche sin control y sin ley. Pero aquí no puede ser igual, porque hay unas autoridades legítimas y son ellas las que conocen bien a las personas desafectas a la Republica, y además deben ser los tribunales los que se encarguen de juzgarla sin es necesario y dictar sentencia”.

Dicho lo anterior, me fui al Ayuntamiento para hablar con la autoridad local y quejarme de su falta de entereza para oponerse a que no se sacara a nadie de la cárcel.

Contestándome  que eran gente forastera, y que la gente del pueblo no era capaz de hacer esas cosas.

Al rato vuelvo a la cárcel y me dirijo a los presos que aún siguen temblando. Les comento que aunque no me conocen, tampoco importa mucho saber quién soy.

Les digo, que somos adversarios políticos, pero que ni ellos, ni nosotros debemos manchar nuestro honor de españoles con el asesinato. Ellos parecen que esperan que les diga quién soy, pero no lo hago, solo les digo: “Que le basta saber que soy español, y que guarden en su memoria lo ocurrido, por si un día tienen ustedes la ocasión de corresponderme de la misma forma”.

Después de un periplo por Villanueva y Miajada, realizo un viaje a Madrid, entre otras cosas con el objetivo de que el Partido me informe donde puedo ser más útil, así como para tranquilizar a mis amigos, ya que se había comentado que me habían fusilado los facciosos.

Después de hablar directamente con mí jefe político y amigo Largo Caballero, me transmite que debo marchar al frente de Extremadura para infórmale directamente a él de lo que día a día en el sucede.

Por lo cual, me traslado a la Zona de Oropesa y Navalmoral, ya que un grupo de soldados de aviación y milicianos donde hay muchos extremeños que me conocen, intentan retomar de nuevo Navalmoral de la Mata.

Mientras estamos instalados en Oropesa, viendo el grupo que se ha formado, estudiamos la posibilidad de crear una Milicia Extremeña.

Milicia a las que con el tiempo se le conocerá como la “36 Brigada Mixta” y que sería una de las principales fuerza de choque de la Republica contra los facciosos en la defensa de Madrid, principalmente en el barrio de Usera.

Mientras intervengo en la defensa de Oropesa, adelantando líneas para parar a los facciosos en Calzada y la Lagartera, comprendo amargamente como me sucedió en Mérida, que todas estas líneas irán cayendo una a una y los facciosos llegaran hasta Oropesa, y que si no hacemos un mayor esfuerzo también caerá, como al final así sucede.

En el asalto de los facciosos a Oropesa, resulto herido, mis pulmones echan sangre por lo que me llevan a Talavera y de allí a Madrid, donde el doctor Jiménez Díaz me corta la hemorragia que brotaba de ellos.

Desde un apartamento de un amigo situado en la calle Abascal, observo las “Auroras Boreales”, pero en ese caso de sangre y fuego en la Ciudad Universitaria, donde se destruye por ambas partes toda una juventud de un pueblo llamado España.

Esa destrucción de España que estoy viviendo en mis propias carnes, es la que me hace no volver a escribir más sobre la “Guerra de España”.

Mi exilio, como creo que son todos los exilios, además de triste fue bastante convulso. Empezó como el de miles de españoles camino de la frontera francesa, para seguir como el de otros muchos compatriotas en la ciudad de Simoges.

Allí intente como Diputado de la Republica, ayudar a otros exiliados españoles, pero enseguida pude comprobar que ello no era posible, porque las autoridades francesas, no nos dejaban a los españoles montar nuestras propias estructura de protección, por lo que decidí embarcarme en el vapor Flandes camino de la Republica Dominicana.

Pues además los que habíamos sido diputados, estábamos expuesto a que fuerzas extra-gubernamentales francesas, nos detuvieran y nos devolvieran a España  entregándonos a los franquistas.

En la Republica Dominicana, me afinque cerca de la ciudad de Trujillo, en unas colonias que habían instalado específicamente para los exiliados españoles con el dinero llevado por Juan Negrín, Presidente del Gobierno de la Republica.

Después, marche a Chile y por ultimo recale en México, donde para sobrevivir tuve que realizar varios trabajos, desde colaborador de prensa, venta ambulante, albañil  y sastre, llegando abrir mí propia sastrería “yo que nunca había cosido un botón”.

Llegada la democracia por el año 1.978, Luis Romero volvió a España y estuvo visitando su pueblo, Alcántara donde pudo encontrarse con algunos viejos amigos que aun vivían.

Así como visitar la tumba de sus padres, a quien les dedico el libro antes mencionado: “A la memoria de mis padres, muertos en un pueblo de España, con el frio y la pena de mi ausencia”.

Porque unas de las cosas que peor llevo en el exilio según comento a sus hijas fue la separación de ellos y sobre todo saber que ya no les volvería a ver nunca más.

El día, 1 de febrero de 1.982, el periódico “El Socialista” donde el escribió muchas veces, le recordaba en una pequeña necrológica: “Ha fallecido en México, nuestro entrañable compañero Luis Romero Solano”.

Como el diputado Luis Romero, muchos miles de españoles, entre los que se encontraban cientos de extremeños republicanos cruzaron la frontera francesa camino del exilio.

 Exilio que no resulto para ellos un camino de rosas, ya que recibieron un trato penoso por parte del Gobierno Francés.

Familias enteras de esos miles de exiliados españoles fueron separadas. Los hombre por un lado y las mujeres generalmente con los niños por otros e instalados en diferentes  “Centros de Internamientos”, algunos de ellos sin un lugar techado donde refugiarse, sin atención sanitaria, sin medios para combatir el frio, e incluso a veces sin agua.

Eran los vencidos y como tal así fueron tratados.

Pero como las desgracias nunca vienen sola, esa situación  se agravo aún  más hacia mediados de 1.940 cuando el ejército alemán rompió la líneas defensivas francesas y miles de españoles cayeron prisionero de la Wermacht Alemana, llevándolos detenidos en ingresados en los “Campos de Exterminios Nazis”, donde entre 1.940 y 1.945 más de 7.000 españoles encontraron la muerte, entre ellos contabilizados cerca de doscientos extremeños.

Extremeños, que habían abandonado sus pueblos para luchar en defensa de la Republica, y tuvieron que huir a Francia cuando vieron que finalmente el ejército en el que habían combatido, era vencido por el Franquista.

Para terminar en los Campos de Exterminio de Mauthausen y Güsen, donde muchos de ellos entregaron su vida, algunos aniquilados nada más llegar, para solucionar el  problema de las plazas.

Y otros, la mayoría, destinados a trabajos forzados hasta la extenuación, hacinados en barracones, desatendidos, mal alimentados, vejados y torturados una y otra vez por el simple hecho de ser republicanos españoles y haber luchado frente a Franco el  amigo de Hitler.

Varios de aquellos extremeños, figuran en el listado oficial de los asesinados y muertos habidos en los mencionados Campos de Exterminio.

Siendo ese el caso de Juan Nuevo Vázquez, nacido en Casatejada,  el 22 de octubre de 1.896, casado y padres de cincos hijos, cuatro niñas y el ultimo un varón, al que no llego a conocer.

Cuentan las crónicas,  que era un hombre sencillo, jornalero, hombre del campo aunque no rechazaba otros trabajos con tal de poder dar de comer a sus hijos.

Políticamente era un hombre de izquierda muy activo, aunque no tenía ningún cargo ni en las organizaciones políticas ni sindicales del pueblo.

Tras el Levantamiento Militar y encontrándose las tropas sublevadas cerca de Casatejada, huyo del pueblo ante el temor de represalias, para terminar ingresado en el “Campo de Exterminio de Güsen” con el número 10.531, donde encontró la muerte.

Como Juan, también murieron Teodoro Laguna, natural de Alía con el número de preso, 12.016 y Andres Toribio, natural de Valdelacasa del Tajo, soldado Republicano que lucho en la Batalla del Ebro y que paso a Francia en enero de 1.939, para terminar en el Campo de Güsen, donde falleció el 26 de septiembre de 1.941.

Junto a Juan, Andres y Teodoro, otros 183 extremeños más, perecieron en los Campos de Exterminio Nazis de Austria.

Los nombres extremeños de Azuaga, Don Benito, Fuente de Cantos, Guareña, Olivenza o la Comarca del Campo Arañuelo, debieron de ser muy populares en el Campo de Güsen, por el gran número de ciudadanos de estas localidades y comarca extremeña que estuvieron prisionero entre sus alambradas.

Jóvenes veinteañeros y hombres hechos y derechos que salieron un día de Extremadura en defensa de unos ideales, dejando en la tierra muchas veces a su mujer e hijos, los cuales nunca llegaron a conocer la historia de sus padres.

Porque nadie les informo, ni recibieron ningún dato sobre la forma y las condiciones en que fallecieron.

Quizás, porque eran Republicanos o quizás por la amistad que le unía a Franco y a Hitler. El caso es que la dictadura franquista decidió intencionadamente olvidar a las víctimas españolas de nazismo.

Mientras que por el contario, cada año homenajeaba como a héroes a los excombatientes de la División Azul que en el ejército alemán lucharon contra la Unión  de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Pero la llegada de la democracia, tampoco supuso un alivio para las familias de los fallecidos y represaliados republicanos. Pues aunque debe ser muy triste, no haber conocido durante muchos años, como y en que Campo de Exterminio Alemán falleció nuestro ser querido.

Más lo debe ser aun saber donde murió e incluso medio saber en qué lugar está mal enterrado su cuerpo y quienes lo mataron.

Por ello, es necesario que la Ley de la Memoria Histórica sea desarrollada en toda su plenitud, y no como dicen algunos para abrir de nuevos las heridas, porque las heridas nunca cicatrizaran mientras quede un cuerpo enterrado en una cuneta o en una fosa común y no en una digna sepultura donde sus familiares, como es tan tradicional por los Santos y Difuntos en Extremadura puedan llevarles un Ramo de Flores.

ANTONIO ELVIRO ARROYO

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