Quienes Somos

Agrupación Extremeña de Alcorcón, es un colectivo cultural, filantrópico, democrático y sin ánimo de lucro que, basado en la libertad y la justicia, esta abierto a cuantas personas acepten los principios inspiradores de ésta.

Basados en estos principios, sus fines son:

Agrupar a extremeños y simpatizantes residentes en Alcorcón y en la Comunidad Autónoma de Madrid, que sientan, velen, protejan y defiendan todo lo que se relacione con la cultura, la ecología, la educación, el deporte, la sanidad, el voluntariado, y aquellos otros que tiendan a promover el interés general y social, siendo vehículo de solidaridad con los grupos más desprotegidos de la sociedad.
Historia

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El Crimen de Don Benito

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EL CRIMEN DE DON BENITO

El crimen más brutal

que he podido ver descrito

¡aun lo digo tembloroso¡

fue el crimen de Don Benito

 

Don Benito, fue durante muchos años conocido en España como “La Ciudad del Crimen”. Porque en este pueblo de nuestra Región que fue durante varios años el mayor de nuestro País, se produjo nada más comenzado el Siglo XX, uno de los crímenes más brutales que catalizo todas las tensiones sociales de la época en la Extremadura de tránsito de siglos.

Lo que en principio era, lo que hoy día llamaríamos un “Crimen de Violencia de Genero”. Se convirtió al poco tiempo, en un importante problema político, social y de orden público, debido a la indignación de los vecinos de Don Benito, que a lo Fuenteovejuna se levantaron pidiendo justicia contra los autores de la despreciable acción, por la forma y los motivos en que tuvieron lugar los asesinatos.

Como en aquella época, no existía el concepto de “Violencia de Genero”. La prensa escrita del momento, lo catalogo y lo encuadro en la “España Negra” al haberse cometido en los calurosos días del verano, y en un pueblo de la “España Profunda”.

Sin embargo posteriormente para algunos Sociólogos que analizaron la reacción de la población y el movimiento de esta para que los asesinos recibieran un castigo ejemplar y acorde con la naturaleza del Crimen, consideraron  que fue un “Crimen de Clase”, que representaba la realidad de la Sociedad Extremeña de la época: “Un señorito, que vivía de las rentas y que después de una noche de juerga, cree que tiene todo el derecho a que una hermosa joven de 18 años se le entregue a él, ya que considera que su –clase- a la que pertenece puede obligar a una joven  porque sea de –clase- humilde a que sacie su apetito sexual. Y al no admitirlo la joven la mata porque no puede consentir ese desaire de una persona de menor rango social que él”

Marcaba el calendario el  mes de junio del año 1.902, cuando morían brutalmente asesinadas una mujer y su joven hija de 18 años, que Vivian solas en una humilde vivienda, ya que el Padre de Familia había fallecido y su único hijo, que debía ser el sostén de la familia, se encontraba en Sevilla en el servicio militar, pues en aquella época, solos los jóvenes de las familias más humildes eran los que defendían la Patria, porque no tenían dinero para pagarse el “Librarse del Servicio Militar” y no tener que ir a la Guerra que mantenía España con Marruecos.

Ante la falta de un hombre en la casa que aportara un jornal para vivir dignamente y poder comer. Las dos mujeres se procuraban lo necesario para salid adelante lavando, cosiendo y planchando ropa de la clase pudiente del pueblo, y alquilando una de las estancias de la pequeña casa a un oculista de Villanueva de la Serena donde pasaba consulta.

En ese ambiente rural de aquel Don Benito de unos 17.000 habitantes, Vivian la joven Inés Maria y su madre.  Ambiente, que, si de por sí ya era difícil para cualquier familia de la clase trabajadora del campo en Extremadura, mucho más lo era para dos mujeres que perteneciendo a la clase obrera, además vivían solas.

Para hacernos una composición de lugar, de cómo era la vida en Don Benito al comienzo del Siglo XX, solo hace falta conocer un poco la historia de Extremadura en general y en particular la de esa población.

Al comenzar el Siglo XX, la sociedad extremeña se dividía en tres grandes grupos:

La Burguesía Agraria. Compuesta por los grandes propietarios de la tierra, la mayoría de ellos terratenientes y asentistas que vivían bien en Madrid o en las capitales de las provincias extremeñas.

Aunque eran una minoría, eran los dueños y señores de Extremadura, pues incluso el Código Civil de 1889, los definía como los “amos” al convertir la propiedad de la tierra en el instrumento más importante de dominación social.

Sirva de ejemplo que de los 44.134 propietarios del campo que había en la provincia de Cáceres a comenzar el Siglo, solo 729, es decir el 1,6% poseían el 57,8% de la tierra.

Otro Grupo era la Pequeña Burguesía, compuesta por los medianos propietarios agrícolas, administradores de fincas y profesionales liberales como: médicos, abogados, notarios, etc., que vivían guardando cierta apariencia, como la de no protestar por su difícil situación, para que no se le incluyera en las clases inferiores. Por lo cual y debido a su escasa conflictividad el Gobierno no les tenía en cuenta.

Y la base de la Pirámide, estaba formada por los artesanos, y principalmente por los campesinos: pequeños labradores, yunteros y jornaleros, cuya vida trascurría entre la miseria y el hambre según la época de año.

En Extremadura, según el censo de 1.900, el número de obreros del campo ascendía a 286.830, casi el 80% del total de trabajadores del censo. De ellos, 169.115 eran de la provincia de Badajoz, y 117.715 pertenecían a la de Cáceres.

Los jornaleros constituían la clase más numerosa y pobre del campo extremeño. Su único capital eran sus brazos que alquilaban por un salario, por lo cual también se le solía llamar “Bracero”.

En Extremadura estos hombres estaban sin trabajo las dos terceras partes del año. Se le contrataba mayoritariamente en la época de la sementara y la recolección, y en menor medida para la recogida de los productos de temporadas como: bellotas, aceitunas o las uvas.

Durante el tiempo que permanecían en paro, de dedicaban a corta leña para hacer picón que vendían por el pueblo, a caza furtivamente o a recoger productos silvestres del campo, como cardillos o espárragos.

Mientras que el salario medio en aquella época de un obrero en Cataluña era de 4 pesetas, el de un jornalero del campo en Extremadura a duras pena llegaba a la peseta. Y un poco más en la época de la recolección, a costa de largas jornadas, que a veces le conllevaba a la muerte debido a los fuertes golpes de calor.

Ante tanta miseria e indignación. El día de la Fiesta del Trabajo, el 1º de mayo de 1.898 hubo una gran movilización de mujeres de campesinos en Badajoz capital para protestar por el alto precio del pan.

 Al día siguiente el diario “La Región Extremeña” decía: “Un gran número de mujeres se dirigieron al Gobierno Civil para pedir al Gobernador se rebajase el precio del pan. Como no salieron satisfechas de la entrevista, se dirigieron a la Puerta de Palma cerrando la entrada y gritando “El pan a real”, hasta que fueron disueltas por la Guardia Civil”.

Tal era la situación crítica que se vivía en el mundo rural, que en el campesinado extremeño comenzó a surgir una Conciencia de Clase y una saludable Rebeldía, que conllevo, que en 1.900 surgiera una asociación llamada la “Germinal Obrera” que desempeño una gran actividad reivindicativa. Aquel verano movilizo a miles de campesinos en defensa de mejores salarios, celebrándose un congreso agrario en Torre de Miguel Sesmero, que fue duramente reprimido, siendo disuelta la Asociación y sus dirigentes encarcelados.

Unos años después en Llerena ante la falta de trabajo, una gran cantidad de obreros se lanzaron al campo, al espigueo después de la cosecha. Ante la denuncia de los propietarios, a la vuelta les esperaba la Guardia Civil que detuvo a varios, pero a la entrada del pueblo los tuvieron que dejar en libertad por la presión de las mujeres.

       

Ante la creciente conflictividad generada por dichas desigualdades sociales en parte del Campo Español. Las Cortes aprobaron la creación de la “Comisión de Reformas Sociales” para conocer el alcance real del problema agrario en Extremadura y Andalucía. Dicha comisión realizo un “Informe sobre el Campo Cacereño” en el que entre otras cosas decía: “La mayor parte de la propiedad en esta provincia está en pocas manos. Existen además un número de pequeños propietarios; pero la suma de sus propiedades no supera el 15% del total de la provincia”.

 

Y criticaba de forma muy dura la Desamortización: “La desamortización no ha dado el resultado que de ella se esperaba, entre ellos la formación de pequeños propietarios, ello debido a la manera en que se han vendido las fincas, ya que no estaban ni siquiera al alcance de aquellos que contaban con medianos recursos”. 

Sobre la misma diría el ingeniero catalán Bayer y Bosch: “Cáceres y Badajoz en el antiguo Reino de Extremadura son las provincias donde existieron las grandes dehesas comunales cuya enajenación dio lugar a escandalosos atropellos, habiendo servido únicamente para enriquecerse unos cuantos, de señoritos, que se marcharon a las capitales de provincia o a la Corte, para gastar tranquilamente sus rentas, quedando una gran masa de población en la mayor miseria”.

Años más tarde la Comisión de Reformas Sociales, elaboro un nuevo Informe sobre “La gravedad en que se encontraba asumido el campesinado extremeño”. Según dicho informe, el salario medio de un jornalero extremeño era de 4 reales, pudiendo llegar a las 2 pesetas en la época de la siega y del esquileo, y puntualizaba: “Jornal insuficiente para poder mantener una familia”; ya que solo en pan gastaba la mitad de su salario.

Como los jornales del padre difícilmente le permitían aún en años normales, atender las necesidades básicas de la familia, se hacía necesario el esfuerzo laboral de todos los miembros de la casa. Por ello, la asistencia a la escuela de los hijos de los jornaleros era un lujo que no estaba a su alcance. Pues no hay que olvidar, que las labores propias de un bracero durante el año eran: El esquileo en abril; la siega de los cereales y recolección hasta agosto; en octubre la sementera y después la montanera. En el mejor del caso entre unos 160 y 170 días al año, el resto generalmente estaba parado.

En diciembre de 1905 J. González de Castro escribía en la Revista Alcántara: “El año que va a finalizar ha sido horroroso en Extremadura. La falta de cosechas, la baja de ganados, la carestía de los artículos de primera necesidad (a 20 ptas. esta actualmente el aceite y en esa proporción todos los demás artículos), unido a otros hechos de menor importancia han hundido al proletariado agrario en situación, por demás precaria”.

Sin embargo, a pesar de esta situación, Extremadura no recibiría ayuda del Gobierno, según Castro porque: “Extremadura no se hacía oír, sufría en silencio el hambre con resignación musulmana, sin protestas ni griterío, ya que los extremeños nunca daban quebradero de cabeza a los gobiernos, pues son mansos y pacíficos, y como nadie se queja, la inexpresión del dolor enmascara el mal”.

 

Y como las desgracias no vienen solas, otro de los grandes males que trajo la desamortización a la Región y que ha tenido una gran incidencia en la historia social y económica de Extremadura, fue la aparición de la figura del CACIQUE.

En boca del historiador Manuel Muñón de Lara, el Cacique era: “El ricachón del pueblo; él mismo es terrateniente o representante del terrateniente que reside en la Corte; de él depende que los obreros agrícolas de los pueblos trabajen o se mueran de hambre, que los yunteros sean expulsados de las tierras o que las puedan cultivar y que el campesino medio pueda obtener créditos. La Guardia Civil del pueblo está en connivencia con él, el maestro que vive miserablemente debe someterse a él, y el párroco prefiere colaborar con él. En definitiva, es el nuevo feudal, señor de vasallos”.

En cuanto en lo que se refiere específicamente a Don Benito, Pascual Carrión en su obra “Los latifundios en España” dice que Don Benito que además de ser cabeza de partido, tiene un gran termino de 54.394 has., en el que existen 37 grandes fincas que ocupan más de 26 mil hectáreas, casi el 50% del término, y que pertenecen a solo 37 propietarios, siendo la mayoría de ellos absentistas.

Y el periodista del diario EL SOL de Madrid, Luis Bello escribió sobre su paso por el pueblo en su libro “Viaje por las Escuelas de España”: Al Jornalero lo despierta el gallo propio o el del vecino. Es la hora de acudir al Zoco. Forman grupos, se fuma, algunos bebes aguardientes y otros buscan la solana, mientras que esperan que llegue algún capataz del terrateniente

En la plaza hay trabajadores de todos los oficios, aunque la gran mayoría son jornaleros del campo. A media mañana el que no han encontrado un jornal ese día, se van desparramando y se van a coger pájaros, peces o espárragos según la temporada.

Cuando en el campo no hay trabajo alguno, son las mujeres las que salen a los portales demandado socorro. Los pobres se ayudan los unos a los otros y el primer remedio es el préstamo entre compañeros. El campo y los oficios antiguos sostienen malamente a la población jornalera.

Y el Abogado y Escritor natural de Don Benito, Francisco Valdés, en “Ocho estampas Extremeñas” escribe refiriéndose a los jornaleros: “Este hombre es un genuino representante de la raza extremeña. Este hombre se inclina a la tierra desde su nacimiento. Sus espaldas, se encorvan de tanta y tan incruenta inclinación. Y sus ojos de tanto mirar a la tierra se toman apagados del resplandor de la arcilla”.

En esa sociedad don benitense, formada por unos pocos de terratenientes que ostentan el poder y manejan la vida social y económica de la comunidad, ya que toda la población depende ellos, de que tengan trabajo o no y por lo tanto de poder comer.

Nos encontramos a Carlos García de Paredes, prototipo de un cacique local. Soberbio, estirado, solterón, fanfarrón, sin oficio ni beneficio, el prototipo del “señorito extremeño de principio del siglo XX”

El doble crimen ocurrió la noche del 18 al 19 de junio de 1902, en una humilde casa situada en uno de los arrabalejo del pueblo. Se trataba de una vivienda modesta con un zaguán, comedor, sala de estar y dos pequeños dormitorios.

Por la mañana, la lechera que iba repartiendo por las casas llamó a la puerta varias veces sin obtener respuesta. Pero al estar el postigo medio abierta entro al zaguán, encontrándose de lleno con la tragedia.

En el suelo se encontraba el cadáver de la madre, Catalina Barragán, de alrededor de 60 años en medio de un gran charco de sangre.

La lechera, espantada de la escena que acababa de ver, salió en busca de ayuda. Al regresar con la Guardia Civil se descubre la verdadera dimensión del drama: en el segundo dormitorio encuentran muerta a la hija, Inés María Calderón, una joven de unos 18 años muy atractiva según los gustos de la época. Su cuerpo estaba con la cabeza debajo de la cama, las ropas en desorden y las manos entre los muslos, en la actitud característica de una mujer que se defiende de un ataque sexual. Le habían dado veintiuna puñaladas.

En el lugar había muchas señales de violencia, y sangre en las paredes. La madre también había sido apuñalada, y además tenía la cabeza destrozada a golpes. Durante la inspección ocular los agentes anotaron como datos de interés los restos esparcidos por el suelo de una copa de loza y un maletín médico caído a los pies del primer cadáver, en el zaguán.

Las sospechas se dirigen inmediatamente hacia el oculista de Villanueva, Carlos Suárez que tenía alquilada la habitación a quien alguien, amparándose en el anonimato, dice que miraba con deseo a la hermosa Inés María.

Detenido, en lo que será uno de los errores mayúsculos de la historia del crimen, la actividad policial se encamina, de nuevo erróneamente, hacia un mozo, Saturio Guzmán que estaba enamorado de la joven asesinada.

En aquellos tiempos era frecuente la aplicación del "tercer grado" a los sospechosos de haber cometido algún crimen. Eso sí, siempre que no tuvieran una posición social relevante.

En este caso, un humilde criado y un modesto médico, entraba en el grupo de poder ser objeto de malos tratos.

Pero, aunque a los detenidos se les hubiera torturado hasta la muerte jamás se habría aclarado el doble crimen.

Detenidos estas dos personas, la gente del pueblo piensa que no son las autoras materiales del doble crimen y comienzan amotinarse de forma airada por las calles del pueblo pidiendo justicia para las víctimas, hecho este que crece según pasa el tiempo y tiene su cenit en el entierro de la madre e hija, que, para poderlas enterrar, debido a su pobreza, se tiene que abrir una colecta para pagar los gastos del entierro.

El Gobierno, que temía un levantamiento popular dado el grado de indignación creado por el suceso, hizo que los investigadores se precipitaran. Habrían seguido por un camino equivocado si no hubiera acudido en su socorro el clamor popular. En las calles resonaba una acusación: "Ha sido el Señorito García Paredes".

Pero ¿quién era García Paredes? ¿Por qué el pueblo le acusaba?

Carlos García de Paredes era un caciquillo local: soltero, estirado, fanfarrón, borrachín, sin oficio ni beneficio, modelo de la especie de los señoritos extremeños.

Tenía 32 años, el rostro apepinado, gastaba imponente mostacho y distraía sus ocios con el juego. Según los mentideros, en los meses previos al asesinato había estado asediando, hasta producirle pesadillas, a la hermosa Inés, que siempre le había rechazado.

Pero Paredes, al que llamaban "Don Carlos", sobre todo por las propiedades e influencias de su familia, era alguien muy importante en el pueblo. Es posible que eso pesara en la autoridad, que tardó en decidirse a interrogarle. No obstante, su comportamiento y su pasado –se le suponía autor del apaleamiento de un sereno, de la violación de una deficiente y de haber propinado una paliza a su madre– le habían granjeado la enemistad de los vecinos, que por primera vez en mucho tiempo tenían la oportunidad de acusar a un auténtico cacique.

Pero como las investigaciones no avanzaban, el clamor popular iba aumentando día a día, llegando la muchedumbre en sus manifestaciones a tirar piedras contra el Ayuntamiento, la casa del alcalde, e incluso la del cura al que además llamaban traidor al considerar que sabía quiénes eran los asesinos, pero estaba protegiendo a los criminales apoyándose en el “secreto de confesión”

Aunque Garcia de Paredes se sentía a salvo y seguía haciendo su personal vida, protegido por el poder de su familia. Al final la Guardia Civil no tuvo más remedio que detenerlo.

El día 3 de julio de 1902 eran cinco los sospechosos detenidos: García Paredes, su criado Juan Rando (se le acusaba de haber querido limpiar las manchas de sangre encontradas en un traje de su señorito), el médico Carlos Suárez, el mozo Saturio Guzmán y el sereno Pedro Cidoncha. Todos negaban su participación en el crimen y proclamaban su inocencia.

El día 1 de septiembre, y sin que hubiera descendido un ápice la tremenda presión popular, se presentó un testigo sorpresa.

Un joven, que dijo haberlo visto todo. No se sabe si había tardado tanto tiempo en aparecer por temor, porque su madre estaba delicada de salud, como dijo, o porque en un principio lo habían callado con 500 pesetas, con las que en aquella época se podía comprar una pequeña finca.

El caso es que el joven labrador, Tomás Benito afirmó ante el juez haber visto a los dos asesinos penetrar en la casa de Catalina Barragán.

Según su declaración, pasada la una de la madrugada de aquella noche, regresaba a su casa por la calle Valdivia cuando se fijó en que delante de él marchaba el sereno Pedro Cidoncha, que se encontró con dos hombres; después de convenir algo entre los tres, se dirigieron a la calle Padre Cortés, donde se pararon delante de la casa de la viuda.

El siguió su camino y saludó al pasar, pero los otros ni le contestaron. El comportamiento le pareció tan extraño que le picó la curiosidad y se puso a observar oculto tras un carro que había en la calle.

Desde allí pudo ver cómo doña Catalina se resistía a abrir la puerta, y cómo el sereno la convencía diciéndole que el recado que traía era urgente, ya que el médico le había pedido que le llevara el maletín.

Cuando finalmente la mujer abrió la puerta el sereno le pidió un poco de agua, y aprovechó que iba a buscarla para hacer una señal con el farol a los que estaban escondidos en la esquina, que sin hacer ruido se metieron en la vivienda. El sereno cerró la puerta tras ellos y siguió tranquilamente su ronda.

Según manifestó al Juez, había buena luna y pudo ver claramente la cara de los tres hombres. Enfrentado a una cuerda de presos, reconoce sin ninguna duda a Carlos García de Paredes como el que primero se coló en la casa, y también al sereno Cidoncha.

El testigo precisa que el otro presunto asesino era un hombre maduro, gordo y con el pelo blanco. Cuando se le pone delante a un cincuentón, de buena posición económica y cierta mala fama, Ramón Martín de Castejón, de quien se sabe que mantiene buena amistad con Paredes, pese a ser mucho mayor que él, le reconoce. En su casa se encontrarían unos pantalones con rastros de sangre, que no han salido a pesar de varios lavados. Se sabe también que, en otro tiempo, Castejón pretendió a la viuda asesinada.

Su testimonio dejo en libertad a los dos inocentes: Saturio Guzmán y al médico. Éste quedó muy afectado, y no volvió a ser el mismo de antes del suceso.

Por su parte, Saturio nunca pudo olvidar a Inés, a quien, pasados los años, le dedicó una habanera muy sentida.

Una vez detenido los verdaderos autores materiales del doble asesinato. Los familiares de Carlos Paredes comenzaron a mover sus influencias para que el juicio fuera de “guante blanco”, y de esa forma le cayera la menor pena posible.

Para lo cual era necesario que los detenidos fueran trasladados a Badajoz Capital, para que el juicio se celebrara allí, con unos jueces dóciles y ajenos al sentir de la población de Don Benito.

Pero ante tal cacicada, el pueblo llano se amotina y exigen a las autoridades que los asesinaos sean enjuiciados en el Pueblo, al considerar que allí fue donde se cometió el crimen y allí es donde tienen que ser juzgados.

Tal es el grado de indignación de la población, que temiendo que pudieran aprovecha la noche para sacarlos de la carcel  y llevarlos a Badajoz. Que organizan grupos de vigilancia de noche y de día delante de la puerta de la cárcel, para que sea imposible el traslado si lo intentaran.

Ante la presión ejercida por el pueblo, y el cariz político que estaba adquiriendo el proceso. La Audiencia de Extremadura se vio obligada a trasladar a Don Benito la Sala Judicial para que físicamente el juicio se celebrara en el Pueblo y además que fuera público.

Celebrado el juicio, el 18 de noviembre de 1903, el Tribunal dictó sentencia, por la cual Carlos Paredes y Ramón Castejón, como autores materiales de los asesinatos, fueron condenados a la Pena de Muerte.

El sereno por su parte fue condenado a Cadena Perpetua, mientras que el criado de Paredes quedo en libertad sin cargo, al considerar el Tribunal que fue presionado por su amo, bajo la amenaza de ser despedido y que nadie lo volvería a colocar en Don Benito, si no colaboraba en deshacerse de toda la ropa que llevaba el día del crimen.

El 20 de noviembre, el Periódico ABC recogía en sus páginas la crónica del Juicio, basándose en el relato expuesto por el fiscal al tribunal.

Según el mencionado relato, los hechos fueron los siguientes:

En la noche del 18 al 19 del mes de Junio del año de 1902, Carlos García de Paredes, que desde hacía tiempo venía persiguiendo y requiriendo de ilícitos amores á la señorita Inés María Calderón, aunque sin resultado, reuniéndose con Ramón Martín de Castejón, que sentía iguales deseos por la misma, los cuales ya se habían comunicado en vanas conferencias que habían tenido, así como el propósito de realizarlos violentamente, decidieron, buscando de propósito esta noche y hora, llevarlos definitivamente a cabo, acordando emplear en su ejecución cuantos medios estuvieran a su alcance, por muy extremos y violentos que éstos fueran; y dirigiéndose al efecto á la calle de Padre Cortés, se avistaron con el sereno  Pedro Cidoncha, que prestaba servicios en aquel distrito, y participándole su pensamiento, les ofreció su cooperación, alejándose de aquel sitio donde estaba, con objeto de que aquellos llamaran en la casa. núm. 23, y así practicándolo en la puerta de la misma el Castejón, como amigo íntimo de la familia, y pretextando que iba por la caja-botiquín del médico D. Carlos Suárez, que en una de las habitaciones tenía doña Catalina Barragán; pero aquélla se negó á darla, y ante esta contrariedad, acudieron de nuevo al sereno para que llamara, y éste se prestó á ello, retirándose entonces y escondiéndose el Paredes y el Castejón en uno de los ángulos ó rincones que hace la calle.

El sereno se acercó y llamó á la puerta ya indicada, contestando desde dentro doña Catalina:

-  «He dicho que mi puerta no se abre, y no abro-»

A lo cual contestó aquél:

-  «Abra Vd., señora. Catalina, que soy el sereno, y eso es muy preciso.

Persuadida de que era el sereno acopió la caja y abriendo la puerta de la casa se la entregó.

En esta situación, Cidoncha, el sereno, buscando un medio para alejarla, le pidió un poco de agua, y retirándose doña Catalina al interior de la casa para traerla, aprovechando estos momentos de estar solo, hizo señas á Paredes y Castejón para que se aproximaran y entraran.

Dentro del zaguán ya éstos, volvió doña Catalina con el agua en una copa de barro. El Paredes y el Castejón, súbitamente y con abuso de superioridad, por ser dos ellos y sólo ella, se abalanzaron sobre la misma, causándola con un instrumento corto punzante varias heridas, cuatro mortales de necesidad, falleciendo instantáneamente.

Desembarazados ya de este obstáculo, se dirigieron Paredes y Castejón á una de las habitaciones interiores de la casa donde con su madre dormía Inés, y encontrándola cerrada con una aldaba por dentro, abrieron las puertas violentamente, y dirigiéndose á ella, que se hallaba ligeramente vestida en traje de cama, comenzaron á solicitarla sin resultado, infiriéndola varias lesiones en la, frente y otros sitios para amedrentarla, no consiguiendo sus propósitos, á pesar de los esfuerzos materiales que para ello hicieron.

Maltratada y así herida la joven Inés, se dirigió precipitadamente á una habitación inmediata, escondiéndose bajo una cama que en ella había; perseguida y acosada por aquéllos, la sacaron y arrastraron dé la misma, y continuando en su sangrienta labor, la infirieron nuevamente otras varias heridas hasta él número de veintiuna, y falleciendo á los pocos momentos como consecuencia de tanto martirio.

Dictada por el Tribunal la Sentencia Condenatoria y ante el rumor que circula por el pueblo de que los reos serian llevado a la Capital de la Provincia.

La ciudadanía de nuevo se hecha a la calle, ya que temen que una vez en Badajoz no sean ejecutados, por lo que piden que los sean en Don Benito, ya que piensan que si fue en el pueblo donde cometieron los brutales asesinatos, es el pueblo donde tienen que ser ejecutados.

Solicitando además que la ejecución sea realizada en la Plaza del Pueblo, para que los vecinos puedan ver como la justicia popular vence a la justicia de despacho y se le da muere a los asesinos.

Al ir subiendo cada día que pasaba la tensión en las calles, la Audiencia de Extremadura autorizo que la ejecución se realizase en Don Benito, no así que fuera en la Plaza, aunque acordó la decisión intermedia de que fuera en el Patio de la Cárcel, y publica, para que de esa forma los asistentes pudieran ver con sus propios ojos que los asesinos son ejecutados.

La fecha establecida por el Tribunal para la ejecución fue el 5 de abril de 1905. En un principio se pensó que fueran dos los verdugos que realizaran el acto, a tal efecto el Gobernador Civil de Badajoz pidió a la Audiencia de Sevilla su verdugo, pero al final no pudo asistir x lo que la ejecución lo realizo solo el de la Audiencia de Extremadura con sede en Cáceres.

Dicho verdugo llego a Don Benito dos días antes del señalado, hecho este que le debió influir negativamente, ya que vio la crispación de la población y como los vecinos se manifestaban por las calles pidiendo la ejecución.

Llegado el día D, los reos fueron sacados sobre las ocho de la mañana de sus celdas y llevados ante el Verdugo.

Carlos Paredes no parecía el mismos cuando llego al patíbulo, muerto de miedo, todo desaliñado, gritando que era inocente y con los pantalones manchado de orines, ya que se había materialmente meado de miedo.

Por su parte, Castejón, fue todo lo contario llego haciendo un sobre esfuerzo de entereza y fortaleza interior. Aunque también como Paredes no solamente grito que era inocente, sino que se lo pregunto directamente al alcalde. ¿Usted me cree Sr. Farelo cuando digo que soy inocente?.

Y al contestarle el alcalde que “Si le creía” le soltó. “Entonces porque me matan”.

 

Éste es, con todos sus ingredientes, el crimen sobre el que Pío Baroja no escribió porque, según cuenta en sus memorias, le faltaban "nervios" para dramatizarlo.

Sin embargo, lo que sí cuenta Pio Baroja es que, en uno de sus viajes a la Comarca de la Vera, conoció a un viejo ciego, al que acompaña un muchacho que llevaba en la mano una pértiga y un rollo de tela, y en sus espaldas una caja de música.

El ciego le dijo que recorría los pueblos de Extremadura de feria en feria, exhibiendo un cartelón con diferentes escenas que describían pasó a paso el Crimen de Don Benito.

 Desde el asesinato de Irene y su madre, a la ejecución de los criminales. El cartelón y la caja de música amenizaban la narración del ciego, que con diferentes tonos de voz iba cantando todos los horrores del mencionado crimen.

Y es que, el mencionado crimen quedo gravado en la retina de los extremeños no solo de la época contemporánea a los sucesos; sino en la de muchas generaciones posteriores, llegando a formar parte de lo que hoy se define como: “Patrimonio Histórico Inmaterial de Extremadura”.

Si como recogía Pio Baroja, al principio eran ciegos los que a través de romancen iban por los pueblos cantando el Crimen de Don Benito. Pasado unos años serían las compañías de teatro las que iban por las ferias de los pueblos más importantes de la Región poniendo en escena el mencionado crimen.

Durante décadas diferentes compañías de teatro tanto de fuera, como de la Región recorrieron toda la geografía extremeña de Hervás a Fregenal y de Navalmoral a Olivenza representando alguna de las múltiples versiones del Crimen.

Estas compañías sabían de antemano que en feria y con esta obra tenían el éxito asegurado, ya que, aunque hubieran pasado varios años desde que ocurrieron los hechos, al pueblo llano extremeño le gustaba poder ver con sus ojos, aunque fuera en teatro, todos los hechos ocurridos en la noche del 18 de junio de 1.903.

Aunque pudiera parecer de lo expuesto anteriormente de que los extremeños eran masoquistas al querer contemplar tan crueles escenas.

No se trataba en auto recrearse en las escenas en si del asesinato; sino de sentirse coparticipe de la lucha del pueblo llano de Don Benito por conseguir que la Justicia Social prevaleciera sobre la Justicia Oficial, y la lucha del pueblo hubiera sido capaz de conseguir de que los asesinos fueran juzgado, condenados y ejecutados en el pueblo en vez de en Badajoz, así como que las clases humilde hubieran conseguido llevar a un Cacique al garrote vil, con la connotación política que el hecho tenía.

Tal es la simbiosis Crimen de Don Benito con el Teatro Extremeño. Que una vez constituido el Centro Dramático extremeño en la década de los 80, la primera obra que puso en escena su Compañía de Teatro fue una versión del Crimen.

Igualmente, en los años 80 se hizo una película “Jarrapellejos” protagonizada por Antonio Ferrándiz, cuyo guion estaba basado en la obra del mismo nombre, escrita por el extremeño de Villanueva de la Serena, Felipe Trigo y que tenía su referencia en los asesinatos de Don Benito.

Como muestra de la impresión que el trágico suceso marco en la sociedad extremeña. Julián Martil nos va a recitar una de las muchas coplas recogidas en el “Romancero Popular Extremeño”.

ROMANCE SOBRE EL CRIMEN DE DON BENITO EN EL

ROMANCERO POPULAR EXTREMEÑO

 

Versión recogida por Bonifacio Gil en la localidad de Castilblanco

En el pueblo Don Benito
han echado un gran borrón
entre don Carlos Paredes
y el hijo de Castejón.

En la calle de la Virgen,
adonde hace rincón,
estaba Tomás Alonso
cuando el sereno llegó.

El primero fue el sereno,
el que a la puerta tocó
pidiendo una poca de agua,
don Carlos se presentó.

Don Carlos se presentó
con cara de criminal,
qué sustito llevaría Catalina Barrabás.

A los gritos de la madre
salía Inés María
y la dijo: “Enciérrate,
que te matan, hija mía;
pues ya me han matado a mí
estos fieros criminales,
no lo hubieran hecho así
si nos viviera tu padre.”

Dos Carlos el criminal,
ha dao un beso a Inés María
y ella le dio una guantá.

-Inés María, te pese,
y mira si le pesó
que a las doce de la noche
a puñaladas murió.

A las doce de la noche
llegó el sereno a la puerta:
-Ábrame usted, Catalina,
siento mucho la molestia.
-¿Qué se le ofrece, sereno,
esta noche por aquí?
-Se me ofrece un vaso de agua
y la caja del bisturí.

-Enciérrate, Inés María,
entre cerrojo y aldaba;
ha entrado Carlos Paredes,
y la vida se me acaba.

-Entrégate, Inés María,
que tu madre ya murió;
el desaire que me has dado,
ahora te degüello yo.

“Doy la mitad del caudal,
decía don Carlos Paredes,
por saber el criminal
que ha matado a estas mujeres”

Fue un día a la Justicia
tan contento y tan gustoso.
Dijo: -Vengo a declarar
un crimen tan horroroso.

Y enseguida le preguntan
que quién son los criminales.
-Carlos Paredes y un viejo
y el sereno de la calle.

ANTONIO ELVIRO ARROYO

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